tribuna

Bestia

H oy me detengo ante ti, asesino infame, para mirar a la bestia que habitas y te habita. Resulta que tienes el mismo rostro afilado y cruel del inquisidor que me quemó en la hoguera, que torturó mi pobrecito cuerpo buscando una confesión que te inventaste. Tal vez no lo recuerdes, pero encadenaste mis sueños a una alianza en la que el único trueque posible era mi vida o mi silencio. Porque resulta que siempre has sido tú, sometido a la repetición del tiempo, el brujo que conspira y acusa; el cobarde que señala en silencio y sin testigos; el verdugo que se regodea en el cuerpo sin vida que abandona en la oscuridad desangelada; el lobo feroz de los cuentos que espantan y nos desvelan; el hombre del saco que nos rapta mientras confiamos; el mal que dices perseguir y que casualmente tiene la medida de tu sombra, tan oscura. En ti está la ofensa que señalas y que pudre las raíces de tu árbol de ahorcado.

Llevas siglos repitiendo mi exterminio. Llevo siglos escapando de ti. Y no puedes, tendrías que haberlo aprendido a estas alturas, camuflarte bajo el respetable y correcto uniforme que tan bien te sienta, bajo el traje azulísimo y perfectamente planchado por esas manos de mujer que tanto odias, bajo ese gesto sospechosamente amable que mastica mordidas en el aire en cuanto los demás se dan la vuelta. No puedes pretender que esa rabia que contienes en tu puño cerrado, y que tu espalda esconde, no retenga los ecos que te delatan como lo que eres, como lo que siempre has sido. Tus pasos hacen el mismo ruido que el de tus predecesores. Se escuchan desesperados, sembrando tus propios huérfanos en esta nada que tan grande se te ha quedado siempre.

Llevas puesta la careta de un hombre, pero a mí no me engañas. No hay padre, ni hermano, ni amigo que se asemeje a ti. En ellos deposito mi confianza, mi horizonte, mi mundo. Pero tú, pobrecito asesino, guardas tus estigmas y tus mandamientos en un bolsillo tan lleno de agujeros como tu negra alma.

Somos tu espejo. Por eso te molesta tanto mirarte en nosotras todas y comprobar la fealdad de tu retrato. Porque no puedes amar, mentiroso. No puedes.

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