tribuna

Carlos Acosta y sus “ignorancias”

La palabra escrita y la palabra hablada fueron para Carlos Acosta cauce ajustado de soledades, de sus sentimientos, rebeldías, tristezas, la vida entera cifrada en el afán de ser cabalmente quien era, con su humildad, con sus saberes y sus “ignorancias”, como le agradaba decir y recalcar; el reconcentrado mundo de sus sueños y ensueños siempre en vilo. Era tan buen conversador como escritor. Le venía de lejos.

A Carlos le agradaba recordar su encuentro primero con la palabra, en el tiempo, remoto ya, en que ambos coincidimos en el hermoso claustro del viejo instituto lagunero de la calle de san Agustín, reabierto a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, recién acabada la sangrienta guerra civil, donde prendió en nosotros, él en un curso más avanzado que este viejo periodista, la llama de un compartido amor a la palabra. Aunque pronto transitamos caminos diferentes –él optó por el magisterio–, aquella amistad de adolescencia se mantuvo siempre intacta en el tiempo, igual que la temprana pasión compartida por el mundo de la palabra, con su poder y su magia.

Fui testigo, uno más, de su vocación de poeta y escritor que cuidaba con celo la frágil urdimbre en que albergaba sus sueños, la palabra. Contribuí con mi voto, en varios jurados literarios y, como es obvio, sin saber a quién se lo otorgaba, a más de un premio como autor de coplas muy hermosas. Carlos era un coplero excelente. Tenía alma de juglar. Componer una copla redonda capaz de estremecer el corazón de la gente, que la sienta y la haga suya y se emocione con ella cantándola, es un privilegio poco común y la mejor recompensa a todo poeta. Carlos lo lograba. Más de una de sus pequeñas joyas líricas las ha interiorizado y las ha hecho suyas el pueblo, que las canta sin saber ya quién fue su autor; supremo honor de todo poeta popular, como dijo certeramente el otro Machado.

Escribir era para Carlos Acosta tarea cotidiana, como contemplar el mar batiendo la lava del Caletón o el perfil severo de la Casa de Piedra, con Lorenzo y con Quico, sus amigos más fieles, bajo los laureles de la plaza. Necesitaba vitalmente expresarse con palabras bien engarzadas y como recién lavadas. El espacio habitual que mantuvo durante años en la prensa insular, bajo el rótulo “De profesión, mis ignorancias”, lo convirtió en un rincón de crítica, análisis, difusión, comentarios, e incluso de duda y de búsqueda en torno a la lengua que nos une y reúne.

Era una muestra más de su vocación de educador, de maestro que no se detenía en el enseñante que fue a lo largo de su dilatada vida profesoral y lo prolongaba en las páginas de la prensa diaria. Hizo periodismo por afición. Asumió desde muy joven la labor de informador totalmente altruista, un espontáneo de la prensa escrita, que no la hacía por figurar, porque muchos de sus escritos no los firmó, o lo hizo con seudónimo. Lo hacía por amor a su pueblo.

En mi libro Encubrimientos de la identidad en Canarias (2019) reuní más de una quincena de seudónimos suyos, recuperados la mayoría de las páginas de la prensa insular, del semanario deportivo Aire Libre y de los tres diarios tinerfeños. Recuerdo que a poco de haber iniciado en La Tarde la página semanal de crítica y humor “El Zurrón”, empezamos a recibir unas croniquillas breves, muy bien escritas, caracterizadas por una suave ironía y cierto tono crítico hasta donde entonces era permisible –él, que presumía de conservador como el que más– y a veces un tanto cáusticas, siempre elegantes, firmadas por un enigmático “Joaquinito”.

No fue fácil averiguar quién se escaqueaba tras aquel seudónimo, de indudables connotaciones garachiquenses, que fueron finalmente la pista que nos llevó a descubrirlo. Cuando se lo comuniqué, explotó en una sonora carcajada abierta, muy suya y muy expresiva de su extrovertida personalidad.

Nunca tuvo Garachico tan apasionado y porfiado defensor con la palabra, ni es fácil que pueda volver a tenerlo con tanta devoción y tanto amor filial. Oír a Carlos hablar de su pueblo o leer sus sabrosas crónicas, cómo contaba, con su peculiar humor y desparpajo, pequeñas y no tan pequeñas historias, anécdotas, leyendas y decires de la Villa y Puerto, su ayer y su hoy, que se sabía al dedillo, era un placer impagable.

La paz soledosa del rincón privilegiado de la isla que tanto amó, su contenida nostalgia de vida, el fragor con sordina de sus calles tranquilas, el rumor suave o encrespado de la mar que lo ciñe y lo embate, lo sedujeron para siempre y lo sabía transmitir con tanta pasión como emoción. Ese deslumbramiento, que nunca amainó, despertó en muchos, entre ellos este periodista noventón, un especial amor a Garachico. A él, en buena medida, se lo debemos.

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