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Cuando yo era flecha

Yo era flecha, o arquero, de la OJE (rama juvenil de la Falange moderna) cuando inauguraron el monumento a Franco. Tendría diez o doce años, o quizá catorce, no sé. Era gobernador civil don Juan Pablos Abril, que procedía de Cáceres y un coñazo, demasiado franquista. Cuando dejó de ser poncio mandaba unos artículos infumables a La Tarde, que don Víctor generosamente le publicaba. Era médico Pablos Abril, médico cirujano. De los de entonces, claro. A mí no me molesta el monumento a Franco, yo creo que deberían dejarlo ahí y poner a funcionar la fuente y que se debe respetar la obra de un gran escultor español, Juan de Ávalos. Si incumple la ley de memoria histórica, ¿qué pasa con la Cruz de los Caídos de la plaza de España, la van a “barrenear” también? No se atreven. El monumento a Franco se podría bautizar con otro nombre: monumento a la reconciliación o algo así, que buena falta hace. Yo me pongo al lado del alcalde Bermúdez, que no quiere que le arranquen el bronce y el ángel de la esquina de la Rambla de Santa Cruz, a la que el alcalde Zerolo le quitó, presto, el nombre, porque antes se llamaba Rambla del General Franco, como casi todo en España. A mí me dio cierta cosa cuando vi desaparecer de las ciudades españolas las estatuas ecuestres del Caudillo. La última, la que presidía los Nuevos Ministerios de Madrid, si no ando despistado. De Franco casi nadie se acuerda. Yo pregunto a los jóvenes y no saben quién fue o se lo toman a cachondeo. Pero hay gente que se empeña en que su memoria perdure, en vez de enterrarla para que no se recuerden los crímenes que comete todo dictador. La bendita Transición, con mucha generosidad e inteligencia, pasó página. Yo fui flecha, un flecha muy feliz. Y de Franco, ni me acuerdo. Ni quiero.

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