Dos mujeres, a las que, sin embargo, admiro y respeto han cometido dos estupideces imperdonables. Una es Corina Machado. Su estupidez fue entregar su medalla del Nobel de la Paz a Donald Trump, ese gigantón pelirrojo, o lo que sea, que creía que la merecía. A Obama se la dieron sin dar palo al agua, al principio de su mandato. Luego ya no pudieron concederle otro Nobel, cuando mandó a los seals a matar a Osama Bin Laden. Entonces sí la merecía, porque libró al mundo de un cabrón con pintas. ¿Por qué todos los “potus” tienen que recibir el Nobel de la Paz? La segunda mujer es Isabel Díaz Ayuso, quien con todo a favor en este país de mediocres permite que alguien de su equipo compre un ático de lujo –¡para oficinas!– en la calle General Martínez Campos, en la zona guay de Madrid, en un edificio próximo al que vivía mi pariente Federico Bas y Rivas, que fue registrador de la propiedad en la capital de España. Esa calle es de ricos, no de oficinas. Ayuso se defiende de manera estéril diciendo que no fue ella, sino un propio, quien ordenó pagar tres millones y medio de euros de los contribuyentes por un piso en zona residencial. Ello le ha valido el castigo de El País, que fue el medio que descubrió la canchanchanada. El periódico ha castigado a Ayuso en sus portadas, un día tras otro. Dos estupideces para olvidar: Corina no es la candidata de Trump para Venezuela, a pesar de haberse desprendido de la medalla del Nobel. Y Ayuso tiene ahora un lunar en su batalla personal y política contra el enemigo. Hay que ser muy cuidadosos en lo que se regala y en lo que se compra, si uno se dedica a un oficio llamado política, cada vez más denostado. Amén.
