Yo no sé si ustedes vieron algo, pero, después de anunciarlo como si hubieran descubierto la penicilina, en San Miguel de Abona, donde tengo el placer de habitar, todo el día fue de día, incluso a partir de las ocho y pico, cuando se supone que iba a oscurecer de un golpe, que el viruje se nos metería en los huesos y que los animales se trastornarían.
El antecedente del 2 de octubre de 1959, motivo de un gran reportaje de mi amigo Juan Carlos Mateu en DIARIO DE AVISOS, contempla el testimonio de Puri, vecina de La Orotava, quien recordó que -a resultas del eclipse total de aquella fecha “el burro se puso a rebuznar, muy alterado, las gallinas se volvieron locas y empezaron a correr de un lado a otro, y los gallos se pusieron a cantar”.
En esta ocasión, yo no oí rebuzno alguno, si bien es verdad que -desgraciadamente- el burro, como animal propiamente dicho, es una especie en extinción. Y tanto es así que, en la actualidad, hay un censo abierto -en Fuerteventura- de tan sólo 112 hembras y 29 machos. Se estima que en otras Islas pueden existir otros ejemplares, pero éstos ya apenas han sido valorados. El tema da para un comentario aparte, pero conste en acta que Platero, que en paz descanse, se ha quedado huérfano. Cierto es -no obstante- que ahora tenemos otro tipo de asnos, que conducen, opinan en las redes y algunos incluso tienen despacho. Y vamos a dejarlo ahí.
“Entonces, el eclipse (1959) produjo una franja de sombra de aproximadamente 175 kilómetros de ancho”, escribe Juan Carlos, “que se proyectó de noroeste a sureste sobre Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura, y dejó literalmente a oscuras durante unos minutos a las dos capitales canarias”.
Esta vez, veo en los periódicos impresos y digitales solo fotografías de chorros de gente, dispersas y noveleras, que se juntan para ir a una especie de romería astronómica con gafas de marcianos de saldo mirando hacia el cielo como si el Sol fuera a desnudarse.
Sólo he visto una fotografía que se le puede decir “Dios te guarde”, publicada, en estas mismas páginas, en “Diario de Avisos”; estampa bellísima firmada por el fotógrafo Juan Méndez, en la que se ve a “Martín”, un guelfo, una cría de camello de solo 7 meses, que aparece junto a su camellero con un fondo natural guapísimo.
He leído, con mucho orgullo y cierta sorpresa, que múltiples profesionales del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) siguieron, en primera línea, las acciones de observación e investigación del fenómeno; lo que hicieron desde Palencia, que viene a ser ahora algo así, astronómicamente hablando, como nuestra octava isla.
Honradamente, los científicos habían advertido que el eclipse, en Canarias, sería parcial, pero no sé tampoco a qué parte se refería. En la materia astronómica, y hasta un aquellito me da, los canarios también tenemos que pagar la lejanía y la insularidad. Incluso en Bruselas, donde nos dicen engañosamente ultraperiféricos, estamos entullados de napoleones. Y, al respecto de Madrid, me digan a mí, porque yo no lo sabía, quién coló, para mandarlo a pulpiar a la marea, una disposición adicional en el REF de la Vía Láctea.
Celebro absolutamente la coincidencia geométrica sensacional que se ha comprobado en otros lugares de España. El País titula, que “el eclipse hipnotizó a España” y que la Luna tapó el Sol (aunque este último es mayor), de manera que los tres cuerpos, incluyendo la Tierra, estaban parejitos que daba primor.
Pero en Canarias, insisto, todo fue distinto. Y, aunque pena me da porque siempre le he dedicado un gran aprecio, la gran traidora fue la Luna, que se comportó como una guanaja cósmica. Es obvio que la geometría universal también tiene sus preferencias territoriales. Queda claro que vivimos lejos de España y Europa y además fuera de la zona VIP del Universo.
Y lo más doloroso es que aquí no dimite nadie.
