Yo no vi el puto eclipse. No me interesa. Siendo un niño, los agustinos nos llevaron a San Andrés para presenciar el fenómeno a través de un cristal ahumado. Con ese tengo, ya cubrí mi cuota de eclipses. El calor mantiene a la gente atontada; y el eclipse también. Y se forman atascos en las autopistas provocados por conductores que miran al sol como papanatas y sufren accidentes incomprensibles. El calor atonta al viandante y al chofer, que no acciona el aire acondicionado porque sostiene el canario que eso es causa de terribles catarros. Mentira. Las enfermedades se contraen porque la gente no puede respirar, no por el fresquito que provoca el aire acondicionado. Aquí, en estas malhadadas islas, todo se hace al revés. Pero el eclipse y el pre-eclipse, periodo que duró varios días, aturdió a los medios de comunicación, a los científicos del espacio y a los transeúntes, que tropezaban unos con otros en medio de una gran tribulación. Camina la gente más atropelladamente que en Navidad, que ya es decir, y sólo le falta el carrito de supermercado que transporta el televisor recién comprado, al que pasean por el centro comercial como si fuera un trofeo. Por cierto, en Alcampo venden unos televisores chinos de 75 pulgadas –como un cine- por 440 euros; una gozada. Estoy pensando si comprarme uno con lo que me devolvió Hacienda, que no me devolvió nada. Entre el eclipse y la expectativa invasora de Ceuta se ha ido la segunda semana de agosto. El domingo es mi cumpleaños, vaya mierda eso de ser más viejo. Serán 79, que es un número ni frío ni caliente. El eclipse no nos ha librado del calor, que sigue apretando, mientras la gente, ya digo que aturdida, se solaza en las playas y algunos se ahogan, pero mirando al sol, por si se oculta otra vez.
