En los años ochenta Mazinger Z se convirtió en una de las series más vistas de la década. Un robot de dieciocho metros de altura y de estética manga era el protagonista de unos dibujos animados en los que el propósito era la lucha contra el mal, encarnado este en el Doctor Infierno, un personaje maligno que ponía a prueba a todos los que osaban enfrentarse a su poder. Como la lucha se presagiaba complicada, Mazinger Z había sido dotado de varios golpes maestros, entre los que destacaba la habilidad de golpear a su rival con los antebrazos, lanzados sin piedad y con tal potencia atómica, que eran capaces de derribar a sus enemigos para, a continuación, volver como si nada, a acoplarse a su cuerpo. Y, aunque tuvimos que esperar a los noventa para poder disfrutar de sus aventuras al completo (nuestro querido Mazinger resultó ser demasiado violento para la época), entre todos esos golpes maestros, su “puños fuera” se volvió el más aclamado y, muy pronto, se convirtió en un grito de guerra que aún permanece en la memoria colectiva. Pero el gran Mazinger Z no actuaba solo. En su combate contra el Doctor Infierno, le acompañaba la mítica Afrodita A, el robot femenino de la serie que tenía, en sus pechos enormes y picudos, su principal arma de ataque: funcionaban como súper misiles fotónicos que, ante cualquier amenaza, eran disparados sin contemplación alguna. Todos los que disfrutamos de esta serie recordamos a sus personajes con nostalgia y también sus gritos de guerra, entre el que se incluye el mítico “Pechos fuera” que Afrodita A nunca pronunció y que, sin embargo, continúa en el recuerdo colectivo gracias a ese efecto Mandela que afirma que la frase existió, aunque la realidad se empeñe en demostrar lo contrario. La cosa es que los pechos de Afrodita A se despegaban de su cuerpo y volaban cual cohetes poderosos con el único propósito de destruir a los malos malísimos. Y lo hacían de manera desenfadada, a pura piel, con la única función de servir de estrategia de combate.
Pero las guerras tienen su momento de pausa, su alto el fuego, necesario para repostar energías y descansar de la batalla. Por eso imagino que, tanto Mazinger Z como Afrodita A, disfrutarían de unas merecidas vacaciones, sobre todo, si tenemos en cuenta lo agotador que puede resultar luchar contra el mal y sus secuaces. Tal vez se irían al campo a disfrutar de la sombra de los árboles, aunque creo yo que elegirían un destino costero, que es donde más refresca el tiempo, pues ya sabemos que el calor aprieta y mucho, por eso estoy convencida de que aprovecharían para irse de playa o de piscina, qué mejor que un baño para calmar los sofocos estivales. Hasta esos lugares refrescantes ha volado mi imaginación y también a uno de los asuntos que ha estado en boga este verano, y que, sin ninguna duda, sorprendería a la misma diosa del amor, acostumbrada como ha estado a ir por ahí con sus pechos poderosos al desnudo. El asunto tiene el nombre de unos pechos femeninos, no de todos, pues ya sabemos que lo que no se ve, no molesta, sino del par que se atrevió a exponerse al sol cual Afrodita, dos pechos sueltos en una piscina veraniega sin nada que ocultara el poder de su descaro. La cosa ocurrió en una piscina cualquiera y fue una joven cualquiera quien decidió protestar por haberse sentido agraviada ante la imagen de unos pechos descubiertos. A partir de ese momento, empezó la batalla, mis derechos y los tuyos, las normas no escritas, la hipocresía real y la moral perdida y, en medio, las tetas como tema y la sexualidad que sugieren y que incomoda a hombres y a mujeres, eso dijo la joven, que no quería ver dos pechos desnudos, que no quería, que si no te cubres llamo a la guardia civil y también a la alcaldesa y que si el honor y el respeto al prójimo. Porque el toples no está de moda, no es top, no es in, no está en las redes que lo condenan con su prohibición, decidiendo qué parte sí puede mostrarse y qué parte no, qué sexualiza y qué debe ser castigado con su ocultación. Las redes marcan la pauta y el mundo virtual las directrices, por eso las mujeres se tapan, para no ser grabadas y ver sus tetas colgadas en cualquier página indeseada, eso dicen algunos que es causa y origen del asunto, que las mujeres tienen miedo a una foto robada, manipulada, como si, en este mundo al revés, la IA no pudiera hacer con cualquier cuerpo lo que quiere, sin el permiso de su dueña ni del guardia civil ni la alcaldesa. ¡Ay, madre, si Afrodita A levantara la cabeza! Si lo hiciera, seguramente seguiría luchando contra los malos, contra los que dicen una cosa y hacen otra, contra las redes que esconden y las páginas que ofrecen sin permisos ni edades, contra los que se escandalizan en playas y piscinas de unos pechos desnudos de mujer, no vaya a ser que, de pronto, se desprendan del cuerpo convertidos en misiles fotónicos y salgan disparados hacia el enemigo y se oiga el grito ilusorio de ¡Pechos fuera!
