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por qué no me callo

Esperando a los bárbaros

Como se avecinan elecciones, este periodo de precampaña pone histéricos a los partidos y líderes, y todo se reduce a lo que ‘vende’ y no ‘vende’, en busca de votos. Trump y la ultraderecha en Europa instrumentalizan la crisis de Ceuta como fabricantes de un bulo camino de las urnas.


Por eso, Meloni no supo contenerse y tuvo un arranque impropio de su moderada trayectoria pese a militar en la extrema derecha. Establecer estos controles fronterizos a España, suspendiendo el tratado de Schengen, ha sido tan desproporcionado que habla de una candidata en apuros.


Detrás de los aspavientos de la italiana están los datos irrefutables que la delatan como el país con más población migratoria irregular de Europa. En lo que va de año, acumula más de 16.000 migrantes por vía marítima, superando cifras de todo el litoral peninsular, más Baleares, Ceuta, Melilla y Canarias. Elevan el tono contra la inmigración a la mínima oportunidad, como vemos hacer en España a PP y Vox, porque compiten en odio la derecha y la ultraderecha, ambas comiendo del mismo plato. El ciudadano es un actor ‘desinformado’, una marioneta.


La italiana Meloni y la danesa Mette Frederiksen (no tan socialdemócrata como socialxenófoba por la presión populista) enervan adrede las políticas antimigratorias como un salvavidas meramente electoral ante la ola de racismo ‘trumpista’. Meloni hasta abrió un campo de concentración en Albania, que sigue vacío, y convenció a la UE de copiarla, porque deportar lejos da votos.


Así está Europa en 2026, con evidente retraso, como estaba EE.UU. en 2024 cuando ganó Trump con ese discurso, que en año y medio se le ha vuelto en contra, ante el actual ascenso de una izquierda socialista hacia las ‘midterm’ de noviembre.


Pero Meloni dará marcha atrás por el efecto búmeran. Basta con pensar en los 60.000 italianos que viven en Canarias y votan en Italia, testigos de las colas en los puertos y aeropuertos de su país requiriendo documentación a los viajeros de España, mientras los turistas transalpinos sufren desde el sábado los controles fronterizos españoles recíprocos.
Cuentan que Meloni no se esperaba que Sánchez le pagara con la misma moneda. Lo cual recuerda al torpe Trump, que no se imaginaba que los iraníes cerrarían el estrecho de Ormuz en cuanto los bombardeara. Tal para cual. Albares puso tibio a Tajani por la idea disparatada de cerrarle el espacio Schengen a España. Un sector de Europa no perdona a Sánchez la regularización de migrantes (como le tocó sufrir a Merkel en la crisis de refugiados sirios, cuando, en contra de toda Europa, acogió en 2015 a más de un millón de asilados). Y mucho menos les entusiasma ver que, gracias a esa mano de obra, el crecimiento del PIB español duplica la media europea.


Meloni quiso ajustar cuentas con Sánchez como una heroína supremacista europea, y rebañar unos votos, sin pensar dos veces lo que hacía. Cuando secundó el ‘no’ español a las bases para la guerra de Trump, en Italia los más ultras la tildaron de traidora, y cuando quiso reconciliarse con el republicano, este se burló de ella tratándola como una fan que le pedía un selfi. Ahora celebra la oportunidad de embestir al ‘llanero solitario’ de Europa y reivindicarse como látigo de la inmigración. Pero olvidó que la estaban mirando 60.000 compatriotas en Canarias y más de 300.000 en toda España.


La batallita veraniega mediático-electoral de la primera ministra y candidata de Hermanos de Italia es un farol sin recorrido. Ni los de Ceuta ni los migrantes regularizados tienen derecho a la libre circulación del tratado Schengen. Y Meloni se olvida de la mano que le echó España cuando la crisis migratoria de Lampedusa (2023).


En Italia, Sánchez es un referente del centro-izquierda, mientras Meloni sufre el asedio de Salvini, de los grupos neonazis y fascistas, y de un general retirado que le quita el sueño, Roberto Vannacci, con un partido rabiosamente ultra (Futuro Nazionale), más estricto contra la inmigración, esa capa de ceniza que viene de América y cubre toda Europa como una espesa calima.


Con todo, ella sigue siendo la candidata preferente, pero su estrella palidece tras perder un referéndum sobre la reforma judicial. En 2027 España y Europa salen a votar. La ultra menos euroescéptica, la niña que aprendió español en La Gomera cuando visitaba a su padre en los 80, no quiere enemistarse con España, pese a todo, y hará las paces. Italia y España son dos potencias meridionales condenadas a llevarse bien.


Basar las próximas elecciones en repeler al foráneo como en ‘Esperando a los bárbaros’, la novela icónica de J.M. Coetzee, la vieja cizaña entre civilizaciones, embrutece al europeo del siglo XXI indignamente.

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