Hasta donde llega mi memoria, que es más para detrás que para adelante y no sé por qué, siempre desayuné, comí, merendé y hasta cené gofio. Hoy, sólo lo desayuno, afortunadamente, porque, si lo incluyera en una dieta permanente, estaría como una vaca.
En cuanto que además soy nieto de molinero, juraría que ya recibí gofio desde el seno materno. En otro tiempo las madres canarias eran tan previsoras que llevaban un plan de emergencia incorporado. En un seno, tenían la leche; en el otro, una teta de gofio para afrontar cualquier contingencia. Aquellas mujeres no necesitaban mochilas tácticas ni manuales de supervivencia. Criaban hijos, cargaban con media casa y, si el mundo se ponía cuesta arriba, eran capaces de resolverlo todo con un abrazo, un “mi niño” y un puñado de gofio.
Recuerdo el beletén y aquellos biberones, que yo usé hasta los 10 años, repletos de harina, y más trigo que millo (maíz si me leen en Valladolid), porque éste último, según los lengüines del lugar producía flatulencias (gufos si me leen en La Verdellada). No habría podido ir a la Iglesia, en los brazos de mi madre, a generar contribuciones eólicas de escandalosa sonoridad y tremendo fos. Dios nos libró.
Cuando me emancipé de mis padres, y durante unos meses, no desayunaba gofio, ni desayunaba nada, ni un fisco de queque, sencillamente porque me despertaba con gran ansiedad, e, incorporado desde primerísima hora a mi vocación periodística en casa, sentía un deseo fervoroso de teclear aquellas viejas máquinas de escribir. Las Olivetti, que me quitaban el escaso apetito por K.O., escribían tan fuerte que el vecino sabía cuándo estabas inspirado y cuándo estabas corrigiendo un adjetivo.
Inmediatamente, sin el gofio aborigen y sin desayuno de nada, sufrí episodios de hipoglucemia, mareos, cansancio, sudoración, latidos cardíacos acelerados, color de piel pálido, convulsiones y/o muerte. Que yo recuerde, sufrí casi todos esos síntomas, menos la muerte; lo que se dice óbito, no recuerdo haberlo sentido, aunque mi madre, cuando me veía la cara, ya avisaba al cura.
Entonces, el médico me trastornó del susto cuando me dijo que renunciaba a la alimentación más importante del día, y, entonces, pegué a desayunar, con más disciplina que un seminarista, machangadas tales como donuts, cruasanes, huevos y bacon. En lógica consecuencia, engordé como una cochina de concurso. Y el problema es que ya salía en la tele. En ese medio, antes sobraban kilos y faltaban permisos. Ahora sobran permisos y los kilos ya no importan tanto. Es decir, antes, en “La Luchada”, la gordofobia sólo nos afectaba a los presentadores. En definitiva, que bien avanzada la treintena, y hasta la fecha, recuperé -en horas de desayuno- el hábito del consumo diario de gofio, trigo y millo mesturados, del Molino de Granadilla y de mi amigo Semidan Casanova, que les recomiendo. Ese alimento, durante siglos despreciado por los finolis y reivindicado ahora por la ciencia, aporta energía de calidad, fibra, vitaminas, minerales y casi todo lo necesario para empezar el día con el cuerpo cucusero y la conciencia calma.
Aunque dudo que me lean, escribo todo esto bien clarito para los integrantes de la Generación Z o Alfa. Allá ustedes, mis niños, si creen que la felicidad viene envuelta en plástico de colores y patrocinada por un influencer de abdominales perfectos. Sus abuelos, con un tazón de gofio, levantaron familias, fincas y media Canarias sin subir un solo vídeo a TikTok.
Yo no sólo comí gofio en el desayuno. Luego, ocasionalmente, le cogí el gusto y lo metí en el potaje, en el caldo de pescado, en las garbanzas, entre los higos picos y hasta en los cornetos de la pantera rosa.
Y también me jinqué unas cuantas pelotas. Las de gofio, claro; las otras, las de la FIFA, sólo alimentan el ego de Infantino.
No hablemos ya del escaldón. Eso no es un plato; es una declaración de amor a Canarias.
