El otro día se me descoñetó, por mi torpeza casi octogenaria, el sistema de acceso a mi cuenta corriente en Cajasiete, eso que se llama Ruralvía. Me trabuqué y puse mal tres veces la clave de acceso, tras un bloqueo de la tecla de las mayúsculas. Culpa mía. A la mañana siguiente envié un mail a la subdirectora de mi oficina, Maite Pleguezuelos, y me dio las instrucciones para restablecerla, por correo electrónico y sin problemas. Pero hubo ciertas dificultades en la conexión. Total, que entre Maite y Cinthia, su encantadora compañera, me resolvieron el problema de una manera personal, sin máquinas de por medio y con una amabilidad exquisita. Es nuestro banco. Porque tú ahora llamas a las entidades bancarias y te sale una máquina que te pone de los nervios y eso ya no es cosa de viejos, sino que son ganas de incomodar a la gente. Soy consciente de que a veces los veteranos nos ponemos pesados en esta insoportable era digital, pero yo echo de menos el trato personal que sí me dispensaron en Cajasiete, el único banco canario que queda. Yo asistí casi a su nacimiento, en los tiempos de Pedro Modesto Campos, de Federico Isidro, de Mari Carmen, de Fernando y de tanta gente que habitaba aquella central que si no me equivoco estaba en la Rambla de Pulido, o por ahí, y en otro edificio de la avenida Benito Pérez Armas. Este periódico nació bajo las alas de la entonces Caja Rural, en unos tiempos muy difíciles. Cumplimos todos. La escritura de la adquisición del edificio de la calle Salamanca la firmamos Pepe Capón, Pedro Modesto y yo, que también era consejero de Canaria de Avisos, con un préstamo de la Caja Rural. Me parece que lo sacamos en ocho millones de pesetas, ya no recuerdo bien, tras desahuciarnos de la calle Santa Rosalía por discrepancias familiares entre Pepe Fumero y su cuñado. Qué tiempos. Cajasiete ya es un mundo. Y mi banco.
