Ceuta, Melilla y los distintos territorios españoles situados frente a la costa mediterránea africana -entre ellos las islas Chafarinas y el entorno del islote de Perejil- forman parte de una realidad histórica y política española sustentada sobre raíces profundas que no pueden ser arrancadas al compás de las pretensiones territoriales de Marruecos.
No estamos ante una situación equiparable a la de Gibraltar, cuya singularidad histórica y estratégica responde a circunstancias completamente distintas. El enclave británico constituye todavía hoy una cuestión pendiente entre España y el Reino Unido, aunque los avances diplomáticos alcanzados durante los últimos años y, especialmente, el nuevo marco europeo ha permitido buscar soluciones prácticas destinadas a facilitar la convivencia y la cooperación a ambos lados de la frontera.
La Unión Europea representa, precisamente, una oportunidad extraordinaria para superar antiguos conflictos territoriales mediante el Derecho, la cooperación y unas instituciones comunes capaces de sustituir la confrontación por soluciones inteligentes.
Sin embargo, las relaciones con Marruecos siguen sometidas periódicamente a tensiones que España no debería ignorar. Determinados sectores del poder marroquí mantienen reivindicaciones territoriales sobre Ceuta y Melilla y recurren a ellas cada vez que consideran favorable el contexto internacional.
Las alianzas internacionales, los intereses estratégicos en el norte de África y los distintos posicionamientos respecto al Sáhara Occidental han complicado todavía más un escenario en el que España debe defender sus intereses con serenidad, pero también con absoluta firmeza.
España y Marruecos son países vecinos. La geografía los obliga a entenderse y la historia demuestra que la cooperación, la paz y la concordia benefician a ambos pueblos mucho más que cualquier política basada en la presión, la amenaza o el enfrentamiento.
Pero el diálogo no puede confundirse con debilidad. La excelente película Un monstruo viene a verme utiliza la figura del monstruo propio para representar los miedos más profundos y la necesidad de afrontarlos. También en la política existen monstruos malvados: el fanatismo, la intolerancia, la manipulación, el expansionismo y la utilización del miedo como instrumento de poder.
Frente a ellos, las democracias necesitan instituciones fuertes, diplomacia eficaz, alianzas sólidas y mecanismos capaces de impedir que una fuerza descontrolada termine causando daños irreparables.
Por eso cabe formular una pregunta que no debería quedar sin respuesta: ¿No existe ya una fuerza democrática, europea e internacional suficientemente poderosa para impedir que las amenazas sustituyan al diálogo y que la presión sustituya al Derecho?
Y, si existe, ¿a qué estamos esperando para utilizarla con determinación en defensa de la paz, de la convivencia y de la soberanía española?
