el chasnero

Réquiem por el arrullo

Jubileta absoluto, hombre muy vivido, acabante de perder al dominó y personaje de fatigosa conversación, hace tiempo que me mandaron con la música a otra parte. Y, con perdón, hoy con mi solfeo vengo a esta parte, a mi espacio en DIARIO DE AVISOS, jamás con la idea de torturarlos en asuntos metafísicos y siempre con el anhelo de enralarlos y/o esparcirlos. Hoy, por tanto, la columna viene con banda sonora.

Como muchos bebés canarios de los 50 y los 60, yo aprendí a dormir, en los brazos de mi madre o de mis abuelas, con el arrorró, un canto melodioso y lento cuya característica esencial es -no nos engañemos- un imparable guineo; una voz ideal, en todo caso, para dormir a criaturas insurrectas. El arrorró, una seña de identidad de Canarias, fue versionada por el compositor tinerfeño Teobaldo Power en los Cantos Canarios, y, finalmente, con una letra bellísima de Benito Cabrera (el Mozart isleño), elevada a la categoría de Himno.

Cuando yo era niño y recorríamos trimestral o semestralmente la carretera vieja para ir desde Granadilla a Santa Cruz, debidamente bañados, perfumados y emperifollados, recuerdo que la radio del Taunus de mi padre emitía esencialmente folclore canario. Hoy casi nadie difunde folías y tampoco aquellas seguidillas piconas: “Dicen que el timple es pequeño / y que suena como un trueno; / no siempre el tamaño, niña, / decide lo que es bueno.”

Con 10 años, ya entonaba las canciones de los mayores, entre ellas una del Dúo Dinámico, 15 años tiene mi amor. Nada hacía suponer que, en la década de los 80, Resistiré fue la Marcha Real de lacovid. Por cierto, el Dúo Dinámico fue el compositor del célebre La, la, la con el que Massiel ganó Eurovisión en 1968; una letra de una gran profundidad filosófica que además inspiró, siguiendo las pautas del lenguaje inclusivo, el verso del himno de España (tan entonado en el reciente Mundial): Lo, lo, lo. Y es que si alguien osara crear una letra con fundamento, aquí pegaríamos a reventarnos a estampidos desde la primera estrofa.

En los años finales de los 60, bailábamos en la Sala San Antonio, de Granadilla de Abona, los ritmos de la Orquesta Panamay, cuyos componentes, grandes amigos todos, mi llorado Andrés q.e.p.d. entre ellos, eran nuestros Beatles. Y yo sacaba a bailar a una moza y me contestaba directamente su madre: “No; tú no bailas con ese palanquín”, un exceso de la doña, porque, entonces, yo todavía era doncello.

Luego, en mi época de adolescente, me entusiasmaban músicos tales como Beatles, Creedence, Cat Stevens, Bee Gees y Supertramp. Pero, en época de transición y efervescencia nacionalista, también fui -y soy- fan de Taburiente, cuyo Ach-Guañac y un mar azul que brille con siete estrellas verdes tarareaba con mi pandilla -con ganas de finchar- a pocos metros de una pareja de la Guardia Civil; cuyos honorables integrantes no sabían, pobres, ni qué coño estábamos berreando. Naturalmente, fui igualmente hincha de Palmera, y bailé, sobre todo, Lucy y las Llaves del amoto. Y disfruté con los grandes cantautores de la época, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Luis Eduardo Aute, y, sagrado, Joaquín Sabina, el único poeta capaz de convertir una resaca en patrimonio cultural. Musicalmente, creo que me atasqué en La Movida, especialmente con Mecano.

Últimamente, y hasta que hicieron ese cambio a la NBA, era seguidor de Nueva Línea. Lo seré siempre de Chago Melián, Braulio, Los Sabandeños, Goyo Tavío, la Parranda Chasnera, José Manuel Ramos, y por supuesto, Pepe Benavente –El gallo subía- además de clásicos como Canon (en re mayor) de Pachelbel.

La pena que tengo, y no superaré nunca, es que en las discotecas, que ahora llaman espacios inmersivos, ya no hay música lenta ni enrojecen las luces para bailar -como lo hacíamos nosotros, casi arrullándonos- adheridos y enhiestos. Ahora ligan brincando como conejos. Hazme el favor.

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