por qué no me callo

Si los cayucos hablaran

Los primeros cayucos que arribaron a las Islas en 2006 cargados de subsaharianos tenían la condición de pioneros de la Ruta Atlántica de Canarias, que se iba a hacer célebre por su elevada mortandad y peligrosidad. Este verano se cumplen veinte años de la llamada crisis de los cayucos, que fue la última sin los niveles de racismo, odio y rechazo social alcanzados en el seno de Europa.

Cuando las cifras de migrantes (más de 31.000) batieron récords ese año por estos lares, la ultraderecha aún no existía, pero algunas voces de la derecha se fueron radicalizando, y aún tardaría más de una década hasta que la inmigración, sobre todo la negra, la africana, cotizara tan alto electoralmente como ahora.

Guardo memoria del debut de Frontex por la presión de España con su primer gran operativo, Hera, de vigilancia costera en Mauritania y Senegal. Youssou N’Dour, que pedía a los jóvenes que no se jugaran la vida, era el cantante senegalés vivo más famoso del mundo, y luego mi hermano Martín lo invitó a actuar en Canarias. Cerrado el paso por el Estrecho, nos vinieron los cayucos por abajo. Así estalló el boom de la Ruta Atlántica, que habían inaugurado dos saharauis (en agosto, por cierto, del 94), en una patera a motor guiándose hasta Fuerteventura por el Faro de la Entallada.

Fue el año que las imágenes de la crisis migratoria dieron la vuelta al mundo contando historias (si los cayucos hablaran), cuando los fotoperiodistas canarios consiguieron competir en los codiciados World Press Photo. Entre las escenas, mantas y sopas calientes en la playa para combatir la hipotermia de la travesía. Ese recuerdo de los actos solidarios espontáneos que hoy serían mal vistos por la militancia rampante contra el foráneo me basta para comprender el salto que ha dado la historia en las dos últimas décadas.
Me pregunto si podemos afirmar que hace veinte años, cuando la crisis de los cayucos desafió las costuras de la hospitalidad proverbial de los canarios, el mundo era más normal que ahora, o sería hacer un falso retrato llevados de la nostalgia borrosa del tiempo en retirada. Había guerras como la de Irán (Irak, 2003), habían saltado por los aires los trenes de Atocha (Madrid, 11M de 2004) y habían caído las Torres Gemelas (Nueva York, 11S de 2001). Era un mundo de perfil atroz. ¿Entonces? Quizá la maldad humana no se había generalizado.
La maldad mayoritaria es lo que nos hace peores. Las redes sociales eran menos invasivas. Y las elecciones las recuerdo felizmente aburridas, la crispación guardaba un orden, y había un turnismo pendular de izquierda a derecha. En 2006, Zapatero (PSOE) había sucedido a Aznar (PP).
Por entonces, los jóvenes indignados de Stéphane Hessel cometerían un error de cálculo, al calor de la Gran Depresión de 2008 (esa fue otra). Pensaron acabar con el bipartidismo, y no era mala idea, pero Podemos y Ciudadanos fueron flor de un día, toda la fuerza se les fue por la boca. Albert Rivera hoy nutre a PP y Vox. La ultraderecha europea arribó después a España, no a bordo de un cayuco. Pero cada vez que llega uno, ella crece. Como ahora en Ceuta con bulos en lugar de cayucos. Bulos que echan en las redes y miles de jóvenes pescan en Marruecos.
Ahora vivimos en medio de una ola racista que lo simplifica todo. La política se reduce a hablar de inmigración. Ni la vivienda, con ser tan grave, logra robarle unos minutos. En 2027 habrá elecciones monográficas sobre la cólera o la condescendencia con el de fuera. Hasta un papa vino a pedirnos que no les odiemos, porque son personas como nosotros. En 2006 eso estaba fuera de toda duda.
El racismo, el actual rebrote, es producto de una explosión en la última década en Europa. Angela Merkel, en la crisis de refugiados de 2015, y ahora Pedro Sánchez se parecen mucho. Ella acogió a un millón de asilados. Él ha regularizado a otros tantos.
La inmigración es un drama. Pero, políticamente, es un yacimiento de votos. Si desapareciera por completo, desaparecería toda la ultraderecha de golpe. Conviene leer el poema de Cavafis Esperando a los bárbaros. Habría que buscar otro motivo de odio colectivo. Es la ideología de un instinto, ya no de una idea.
Cuando Coetzee escribió Esperando a los bárbaros (1980), inspirado en los versos del poeta griego, un lector ocasional como yo de un novelista todavía incipiente que ganaría el Nobel, sentía asombro por aquella instrumentalización del rechazo al diferente, al enemigo exterior, en la ciudad del imperio, y cómo los instigantes del odio se quedaban finalmente con las ganas de ver llegar a los bárbaros, pues habían dejado de existir, y habían sido su mejor pretexto para infundir miedo.
Estos últimos años estoy viviendo todo eso que leí hace tanto en prosa y en verso. Solo falta el desenlace: el día que los bárbaros dejen de venir, porque han perdido todo interés en hacerlo. Y ver qué hacen, que inventan sus antagonistas, para seguir viviendo del cuento.

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