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A la sombra de un bonsai

Dichosa Gloria Fuertes. Fue amiga de niñas y niños que no tenían encima la costra de las redes sociales y vivían la infancia en plenitud. Pero no se conformaba: “Quiero que piensen un poquito” (igualito que ahora), decía la autora de una sintonía inolvidable: “Un globo, dos globos, tres globos. / La luna es un globo que se me escapó”.

Aquellos globos continúan en el patio del colegio de los setenta y en las retinas que no tenían prisa. Hoy, pena, los globos se pinchan demasiado pronto. La niñez acaba sin disimulo. Los vientos de la pedagogía, psicología y de familias ausentes mega protectoras arrastran a las criaturas al abismo de la pantalla, a la tiranía de la blandura, a la esclavitud del quejido. Pobres caricaturas bailongas encantadas de mirarse al espejo en medio de un melodrama con piel moderna de súper estrella.

Afortunada, también, la poeta madrileña (1917-1998) convencida de que el humor es lo más importante: “¿Por qué no nos reunimos para reírnos de vez en cuando en vez de hablar de política, que sólo genera odio?”. ¡Coño! Esto va a peor. Hemos olvidado la risa, los juguetes y los tirabuzones. Y vienen curvas. Mayo de 2027, a la vuelta de la esquina, ya levanta polvareda. Luz o catástrofe. El dolor que se avecina se servirá con desmesura. Abrirá boquetes, aftas en la lengua y granos en el granado trasero.

La gata de Lavapiés, que nació pobre y vivió feliz aunque su vida, a veces, fuera una lata, huiría en la actualidad a una buhardilla libre de sapos y mariposas traicioneras. Escribiría sola con ella misma y recitaría poemas sin empacho. De mayor quería ser payasa y de joven se dio cuenta de que la maldad no trae ningún beneficio, “solo genera más maldad”. Tristeza, desolación… Vejez.

Las princesas ya no tienen letras de canción y el alumnado tiktokero anhela darle patadas a una pelota, estudiar Medicina pa forrarse sin juramento hipocrático que lastre o chupar de la teta con la cabeza inhiesta, faltas ortográficas y el corazón mentiroso. Y de nada vale defenderse de la infamia. El escándalo en tiempo real alimenta a las hordas sedientas. Todo vale en tiempos del cólera.

¿A qué edad se pierde la limpidez, la hermosura, la inocencia? ¿Qué tecla adulta ensucia el olor a lavanda, la felicidad completa, la mirada cándida, ingenua? ¿Por qué empeoramos?

La naturaleza humana es frágil y violenta en sociedad. Sabedor de esta realidad, el libro Utopía (1516) escrito por Tomás Moro describe una sociedad ideal en una isla ficticia como respuesta a los problemas políticos y sociales. Poco removió su propuesta imaginaria, pues murió decapitado el 6 de julio de 1535 en la Torre de Londres por orden de Enrique VIII. Más de un siglo después, Thomas Hobbes planteó en el Leviatán (1651) la necesidad de un estado absoluto para mantener el orden y evitar que las personas se destruyan entre sí (homo homini lupus). De igual forma, setenta y cinco años después, Jonathan Swift abordó en Los viajes de Gulliver la corrupción del ser humano y sus formas de gobierno a través de cuatro territorios fantásticos: Liliput y la próxima Blefescu, Brobdingnag, Laputa y el país de los houyhnhnms (caballos racionales), en donde las personas o yahoos son salvajes y bestiales.

Entre ratas y advertencias las letras no pasan de puntillas sobre la existencia y sus aristas. Al final escogemos. Incluso jugamos a ser Benjamin Button para morir como un primoroso bebé después de 81 años, completando al revés el ciclo vital.

Consciente de las debilidades, a estas alturas reconforta bajar a la estatura de la población liliputiense y desconectar del mundanal ruido a la sombra de un bonsai. Cucú, cantaba la rana. Cucú, debajo del agua.

Ilustración: María Luisa Hodgson
Ilustración: María Luisa Hodgson
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