tribuna

Al otro lado de la cortina

Estos días he descubierto que en la sanidad pública se practican muchas virtudes: la paciencia, la empatía, la humildad, el respeto… Y no me refiero únicamente a quienes trabajan en ella ni tampoco a quienes están enfermos, sino a todos. Alguien muy cercano a mí ha estado ingresado en el Hospital Universitario de Canarias y eso me ha llevado a pasar muchas horas allí. Primero en Urgencias, después varios días en Tránsito y finalmente en planta. Cuando una permanece tanto tiempo en un mismo lugar acaba observando, y aquellos tres espacios del mismo hospital me permitieron comprobar hasta qué punto nuestras mejores virtudes se ponen a prueba cuando la enfermedad entra por la puerta. Urgencias quizá sea el ejemplo más evidente. Se percibe el cansancio de profesionales que trabajan sometidos a una presión constante, pero al otro lado hay pacientes con dolor y familias con miedo, incertidumbre y necesidad de respuestas. Y ninguna de esas circunstancias consigue siempre sacar nuestra mejor versión. Los pacientes, haciendo poco honor a su nombre, a veces son todo menos pacientes, y quienes los acompañamos tampoco nos quedamos atrás. Preguntamos, insistimos y alguna vez confundimos preocupación con el derecho a que nuestro problema sea el primero. También sería demasiado cómodo atribuir toda la saturación al sistema. Como usuarios tenemos nuestra parte. Nos hemos acostumbrado a acudir directamente a las urgencias hospitalarias sin preguntarnos siempre si nuestro problema debería comenzar a resolverse en Atención Primaria. A veces porque no conseguimos una cita, otras porque buscamos una respuesta inmediata y otras, sencillamente, porque hemos adquirido esa costumbre. Sea cual sea la razón, contribuimos a saturar un servicio que ya estaba saturado antes de nuestra llegada. Tránsito fue quizá el lugar que más me hizo pensar. Allí convivían personas mayores, enfermos con ingresos inicialmente cortos y otros que esperaban una cama en planta. Todos compartiendo un espacio concebido para estar de paso, aunque a veces ese paso se eternizara. La primera vez que vi a un grupo haciendo ejercicio en una de las zonas de Tránsito pensé que la imagen tenía algo de surrealista, sensación que aumentó cuando apareció el bingo. Sin embargo, después de observar durante un tiempo, entendí el porqué: para quien lleva semanas ingresado, moverse, relacionarse o romper la monotonía también puede formar parte del cuidado. Lo que me costó comprender fue cómo hacer compatible esa iniciativa con las necesidades de otros enfermos que compartían el mismo espacio, porque allí las distintas zonas se separaban con cortinas, no con paredes, y lo que sucedía en una se escuchaba inevitablemente en las demás. A pocos metros había personas cuyo estado pedía exactamente lo contrario, silencio, tranquilidad y menos estímulos, de manera que aquello que cuidaba a unos podía convertirse en malestar para otros. Quizá esa escena resumiera mejor que ninguna lo difícil que es practicar la empatía, porque no basta con hacer algo bueno; también hay que ser capaces de mirar, en este caso casi literalmente, al otro lado de la cortina. En planta la sensación cambió. Seguían existiendo el trabajo y las dificultades, pero parecía haber más espacio para el trato: un nombre en lugar de una cama, una explicación, unos segundos para escuchar. Pequeños gestos que no curan una enfermedad, pero que también forman parte de cuidar. Y después de tantas horas llegué a otra conclusión. Muchas veces explicamos el caos de nuestra sanidad pública hablando de falta de medios, profesionales o personal. Sin embargo, yo veía gente trabajando sin parar, recursos que existían y, al mismo tiempo, una maquinaria que demasiadas veces parecía incapaz de ordenarlos. Quizá una parte del problema haya que buscarla más arriba, en la organización y en quienes tienen la responsabilidad de gestionarla. No conozco la complejidad de dirigir un hospital como el HUC y unos días observándolo no me convierten en experta. Pero sí permiten hacerse preguntas. Porque si profesionales y pacientes terminan soportando las consecuencias de un sistema que demasiadas veces transmite caos, quizá no baste con seguir reclamando más recursos. Tal vez haya que preguntarse también cómo estamos utilizando los que ya tenemos. Mientras encontramos la respuesta, a unos y a otros nos queda seguir practicando aquellas virtudes con las que empecé: empatía, humildad, respeto y, sobre todo, paciencia.

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