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Ay

La España que se repite. Otra vez acampados en la Puerta del Sol, otra vez Madrid en multitudes, es lo mismo de siempre. Es la España que no cambia, idéntica a la del final de la II República y el comienzo la guerra civil, aunque los ciudadanos con unas cuantas perras más en los bolsillos, aunque no muchas. Yo les digo siempre que no llego a fin de mes, exagerando un poco, porque uno tiene ciertos recursos, pero mi tiempo pasado, como el del poeta, fue mejor. Me tengo que quejar porque esta España mía, esta España nuestra, no me gusta. El otro día, en la tele, creo que fue un juez quien me recordó una frase de Unamuno: “Me duele España”. A mí también, pero qué remedio, habrá que aguantar. Mis amigos, los que me leen, me recriminan mi pesimismo último. Hombre, también puede ser una pose, pero asomado al balcón de mi casa, en estas noches infectadas por el calor y la humedad, miro para el silencio (puede hacerse) y me doy cuenta de que el mundo no es tan maravilloso, aunque podría serlo. La canción de Louis Armstrong, What a wonderful world, que habla de la esperanza en la humanidad, queda eclipsada por los drones rusos que -dicen- van a atacar Europa y por las salidas de los pilotos de guerra españoles, al mando de sus F-18, que se despliegan en el Este de Europa, a la espera de los invasores de Putin, tan fieles y obedientes a su dictador ruso. No, no me gusta el entorno y de ahí mi supuesto pesimismo, a veces impostado. Ay. No sé, estoy pasando por la última crisis, pero tengo mis razones, a tenor de lo que veo. Y lo que veo no me gusta. Claro, hay pocas esperanzas de que el mundo cambie, aunque sea un poquito.

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