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el chasnero

Calvo por la gracia de Dios

Cuando era mozo, y bien parecido (no es porque yo esté delante), lucía un cabello lacio preciosísimo, liso y recto, sin ondas ni rizos desde la raíz hasta las puntas. Brillante, sedoso y obediente, daba una imagen pulida y formal. Lo juro por Enric Gallego. Tenía tanto pelo que jamás pensé que pudiera acabarse. Uno, a los veinte años, cree eternos el amor, la juventud y los folículos pilosos. Y no. Mi pelo no avisó ni presentó la dimisión: fue abandonando el puesto por unidades, en silencio y con nocturnidad, hasta dejarme el coco liso como a Mr. Proper.

Recuerdo una transmisión de un tramo de un rally en directo (TVEC, 1985, Atogo); primera del medio. Micrófono en una mano y apuntes en la otra, una ráfaga huracanada me avasalló el fleco, golpeándome los ojos y el careto. Al ver la grabación, observé cómo con cada latigazo entrecerraba los ojos, tensaba cuello y hombros, furioso por no poder controlar aquello en pleno directo. Tanto que nuestro realizador, mi querido amigo Roberto Carugatti -con quien también inicié La Luchada- pinchó otra cámara donde se veía una pareja de motormaníacos, esperando el comienzo de la prueba, metiéndose un lote estupendo, subiendo la audiencia y elevándolo todo.

Fuera de aquella ventolera, mi peluco funcionaba con normalidad. Crecía, se dejaba cortar, volvía a crecer y ocupaba disciplinadamente su territorio. Ni una advertencia, ni una amenaza, ni una triste circular anunciando el cierre.

En cierta ocasión, en Las Palmas de Gran Canaria, tomé un taxi desde el hotel hasta la sede de TVEC. El taxista me reconoció: “Señor Pitti, usted perdone. Tiene el pelo totalmente rebujado. ¿Hoy no se peinó o se apuntó a la moda del machango punk de la tele?”. Se refería a Espinete, el erizo rosa de Barrio Sésamo, con sus característicos pinchos. Tan mal me lo pintó que le pedí regresar al hotel a buscar el peine olvidado.

Aquel taxista fue mi primer asesor de imagen. Y bastante eficaz: diagnosticó el problema en un semáforo y aplicó el tratamiento sobre la marcha. Media vuelta, hotel, peine y a TVE. Todavía tenía tanto pelo que podía permitirme regresar a buscar un peine. Años después, claro, habría seguido directamente hasta la tele. Incluso con las ventanillas bajadas.

Con unos 25 años empecé a advertir la caída y, embajonado, comprobé que perdía entre 100 y 150 cabellos diarios. Los contaba y hasta los guardaba, en una lata metálica con diseño de Audrey Hepburn, por si aparecía un doctor reponedor.

De repente, mis almohadas amanecían peludas, los peines se volvían velludos y, sufriendo una afección curiosamente llamada pitiriasis (con una sola t), mis chaquetas se llenaban de unas escamas -tal que si yo fuera un sargo- que la peña bautizó como caspa.

Por consejo de un dermatólogo, pegué a frotarme minoxidil, recomendado contra la alopecia androgenética, y a usar todas las modalidades de champú: anticaspa, antigrasa, antipelo y antipolla. Con todo ello conseguí que las entradas se me convirtieran definitivamente en una circunvalación y la coronilla en una réplica de la tonsura clerical de Zinedine Zidane.

Cuando apenas me quedaban pelos por los lados, estudié seguir la moda Anasagasti: enlazar el poco pelo del centro y estirar el de los extremos. Un enterado de la vela me preguntó si había copiado el peinado abertzale y no le metí un estampido por puro milagrito del Niño Jesús.

Finalmente, mi amigo Nabil Mitgall Abdullah, palestino con quien compartí niñez en Granadilla y mantengo gran amistad, me sugirió que me dejara de machangadas y me pelara al rente; que me rapara. La recomendación de Nabil fue mano de Alá.

Desde entonces no me preocupa su caída. Primero, porque para caerse algo tiene que existir. Y segundo, porque he descubierto que Dios, en su infinita sabiduría, no me quitó el pelo: me amplió la frente. Hoy la tengo tan grande, la frente claro, que empieza encima de las cejas y termina donde me sale de los cataplines.

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