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tribuna

Comer y beber

Los camareros no son trapecistas. Me llama un jefe de sala, de los antiguos pero no tanto, de los que han sabido adaptarse a los nuevos tiempo de la hostelería y que ha visto mucho mundo en los restaurantes. Según me cuenta, el otro día un comensal, muy asiduo al restaurante en que trabaja, le plantó el machango, de manera educada, que es cuando más duele.

La razón de esta bronca era que en una mesa próxima había unos influencers o creadores de contenido, que es el nombre que se han dado, que mientras cenaban reclamaban al camarero que les escanciera lentamente el champagne, mostrando la etiqueta, para poder grabarlo bien. Y así con cada botella de vino, que ya se sabe que los menús degustación incluyen varias marcas.

Luego con los platos pasó los mismo. Si de entrada había unas setas y luego se añadía, en mesa, el caldo, pues más de lo mismo. El camarero que servía en la terraza tenía que hacerlo de tal manera que no hubiera sombras y que además emulara a la trapecista Pinito del Oro para que luciera el plato y la puesta de sol. Y si no quedaban satisfechos, vuelta a empezar…
El jefe de sala me comentaba que muchos en su oficio ya pensaron en aprender fotografía.

Ahora se pregunta si también tendrán que apuntarse a cursos de interpretación para atender tantas exigencias bobas, mientras desatienden a otros comensales que sí se dejan “los cuartos” y quieren disfrutar de la comida.

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