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Como en Venezuela

La primera vez que llegué a Caracas me llamó la atención el hecho de que todo el mundo hablaba de política. La política marcaba absolutamente la vida de la ciudad, desde el más rico al más pobre. Venezuela era una democracia entonces, luego se hablaba libremente. Venezuela siempre fue un modelo de convivencia entre los distintos partidos. Caracas era una ciudad peligrosa, pero menos que en los últimos años y no tenía por qué pasarte nada si sabías por dónde ibas. España se ha convertido en un país en el que no se habla de otra cosa sino de política. Bueno, y de fútbol, sobre todo con el subidón de adrenalina que les ha entrado a los culés con la trayectoria del Barça. No es bueno que España se convierta en un país polarizado y atenazado por el odio. Y hay odio. Me da pena, porque vamos proa al marisco y todo ese odio nos debilita ante terceros y empaña nuestro papel en el mundo, que siempre ha sido polémico, pero con un buen resultado final. Lo de Ceuta ha sido determinante para que nuestra credibilidad esté por los suelos y me da que va a traer consecuencias indeseadas en los próximos días y meses. España no pinta nada en Europa y esta vez no será porque el presidente del Gobierno no hable inglés, como los anteriores. Porque este sí habla inglés, aunque no sé si mucha gente querrá hablar en inglés con él; allá ellos. Pero hay muchas más cosas de las que hablar y muchos asuntos que solucionar para que los españoles no estén inmersos en esta guerra fratricida, por el momento de palabras. La cordura tiene que llegar a los representantes públicos, enzarzados ahora en discusiones de patio de colegio. Pero con mucho odio de por medio. Descansen, imbéciles.

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