En qué monstruo de país vamos camino de convertirnos si los periodistas no podrán pisar la calle según qué bando se adueñe de ella? Decía Manuel Fraga, ministro de la Gobernación, en el Gobierno de Arias Navarro, “la calle es mía”, y Agustín Millares Sall le respondía: “La calle que tú me das/ no será tuya ni mía,/calle de todos será”.
¿De qué metamorfosis estamos hablando? A pocos meses de las urnas, las elecciones las carga el diablo. El asunto Ceuta -dicen los poetas sufíes, “esto también pasará”- nos conmociona. Pero no solo, no tanto por la avalancha de 70.000 migrantes a finales de julio, como por las lecciones que extraemos al calor de esta atmósfera.
Feijóo, una mala imitación de Fraga, saca pecho con la paranoia de un complot entre Mohamed y Sánchez. Ayer, en un hotel de lujo de Madrid, como en un festín, reiteró esa neura de que el plan era la invasión, seguida de las cesiones de Sánchez, y dicta sentencias -condenatorias- sintiéndose juez y parte. A su lado, sumiso, Vivas repite las consignas del jefe: Ceuta es una “olla a presión”, pero él no aporta ni el puerto ni los polideportivos, y acata la orden de Génova, aunque sea ilegal: la solución es echarlos a todos, y ni uno a las autonomías, que eso molesta a Vox. ¡Por mis bemoles! Lástima que las encuestas solo retribuyen con unas pocas décimas la estrategia del PP y que el PSOE resista. Señal de que hay que meter más caña.
Las elecciones eran una sana alternancia, pero eso era antes. Estas traen una marca de fábrica que no es española, que recuerda al retorno de Trump en noviembre del 24. No se trata de urnas y sanseacabó. Es algo global que está conformando una nueva psicología de país y mundo. Esta ya no es la misma España de 2023. Ha mutado.
Una de las cosas que afea nuestro exitoso modelo democrático es que la política se haya judicializado tanto, con el uso y abuso del Yo acuso popular, que la Constitución (artículo 125) no previó que se convertiría en un recurso de inestabilidad. Lorenzo Olarte, jurista y político, me contaba su teoría: la judicialización de la política es el principio del fin. Ahora, en España la política se ciñe al nuevo tic de apelar a los togados, hasta que los jueces se harten y manden parar. Mentar en el Congreso al Supremo es el coco favorito de la derecha (Feijóo lo hizo en el debate de Ceuta) y meter en la cárcel a Sánchez es la obsesión de PP y Vox. De política, cero. Se habla de tribunales, de ahí que esté en su salsa Ernesto Ekaizer.
Hay, por todo ello, una sensación de tristeza -no digo de duelo, de luto- por la democracia, por la política y por el país -acaso también por El País-. ¿Con qué bueyes vamos a arar? ¿Con qué cánones, con qué antónimos de libertades? ¿Qué porvenir le aguarda a la gente de bien? ¿Y la gente de mal qué hará? Ahora la maldad cotiza tan alto.
Todas las preguntas caben al borde de esas premoniciones del líder de la oposición. Nunca antes, ni con Aznar ni con Rajoy, nos hicimos preguntas tan perturbadoras. Mi recordado Manuel García Padrón, que había sido sometido a un consejo de guerra como teniente auditor de la Armada, a raíz de la guerra civil, me zambulló en las aguas de la abogacía y la judicatura. Pero ahora nos vemos bajo las aguas de la incertidumbre.
Lo que viene es el precio político de la sociedad del algoritmo, con Sajonia-Anhalt desde este domingo en brazos de la Afd, la extrema derecha alemana. El vuelco electoral de Europa nos aturde. Y Ceuta confirma los peores presagios. ¿Por qué esta frase resulta incómoda: “No se puede coger a un ser humano del brazo y arrojarlo al otro lado de la frontera como si fuera un saco de tierra”? La pronunció Sánchez, el jueves en el Congreso, sobre las devoluciones en caliente.
¿En que laberinto nos estamos metiendo? ¿Y el Minotauro, quién es? Se han dicho cosas brutales, incompatibles con la más mínima decencia, que a los migrantes en Ceuta “hay que cazarlos, pescarlos uno a uno, pam, pam, pam” y expulsarlos (Vox). “Usted lo sabía y lo tapó”, esa sentencia de Feijóo básicamente repudiable recuerda al Yo acuso de Émile Zola en defensa del capitán Dreyfus, depurado por falsa alta traición. ¿Y callar ante las evidencias de Trump y Netanyahu con Marruecos y la soberanía de Ceuta y Melilla en boca de los tres? ¿No es alta traición, pregunto?
Se ha ido cronificando un lenguaje mortuorio de todo lo que huela a solidaridad en la necrópolis de la política rampante. La Maldad ha vencido. Y votar a favor o en contra de ella es un plebiscito.
Con Europa y sus campamentos de deportación extranjeros se nos cae el alma al suelo. Acaso aguarden buenas noticias en breve, si Netanyahu pincha en las elecciones de Israel en octubre y Trump en las de Estados Unidos al mes siguiente. Pero es tal la barbarie desplegada por todo el hemisferio occidental, y tan agria la vida pública de este país ahora mismo, que solo guardo aquella creencia descorazonada de Pedro García Cabrera, la de la copla popular que dice: “A la mar fui por naranjas, /cosa que la mar no tiene. /Metí la mano en el agua,/ la esperanza me mantiene”.
