Hace 25 años nos dio un vuelco el estómago. El ataque a las Torres Gemelas inauguraba una era de guerras y matanzas sin tregua. Herederos del 11S, en los albores de este siglo, todo ha ido cobrando la apariencia de una infausta telerrealidad, que encarna a la perfección un presidente como Trump hecho a imagen y semejanza de un mundo en caos.
Decir que vivimos en una distopía se ha convertido en una expresión manida. Cada nuevo suceso dantesco trae esa marca de fábrica, como la noticia de esta semana que nos pone sobre aviso de que la inteligencia artificial podría destruirnos a todos antes de 2030, y no caer en estado de shock al enterarnos. ¿Qué es una raya más para un tigre, persuadido de antemano de una posible guerra nuclear? Pero la muerte, el miedo y la maldad (mmm, esa onomatopeya) se han impuesto.
Con estas armas y bagajes hemos desembocado en el salto fronterizo de Ceuta, y nada es casual, cuando las potencias se alinean a las puertas de un año electoral en España y en Europa, que será el gran test de la ultraderecha que exporta el tótem de la Casa Blanca desde Italia a España y desde Francia a Alemania. “Me sangra el corazón”, clamó la excanciller alemana Angela Merkel tras la victoria apabullante de la Afd (Alternativa por Alemania, el partido neonazi que colidera una mujer, Alice Weidel) en Sajonia-Anhalt.
La ultraderecha alemana debutó contra el euro, hasta descubrir la exuberante veta de la inmigración y dar un salto sideral. Así se explica que en España PP y Vox no quieran soltar ese hueso. Y que la diputada Cayetana Álvarez de Toledo (no de Vox, aún del PP), enarbolara en el Congreso este jueves el discurso más belicista de su bancada, asegurando que, con ellos en el poder, Marruecos recibiría una respuesta militar, al amparo del artículo 8 de la Constitución. No satisfecha, preguntó a Sánchez si él no ordenaría el uso de la fuerza contra la avalancha humana si se repitiera la “invasión” en este mandato.
El uso de aviones y pasajeros reales contra las torres cambió la historia para siempre. Eran la crueldad y la deshumanización televisadas en directo por primera vez. Y la práctica política de la violencia se abrió paso. El genocidio de Gaza es un fruto de ese árbol. Europa es un continente a la espera de que Putin abra fuego y los Parlamentos adoptan ese tono que cito, el tonito pendenciero de Álvarez de Toledo.
Pero ni media palabra contra Israel. La guerra que anhela declarar el PP a Marruecos sería también contra Washington y Tel Aviv. La oposición española es víctima de esa incoherencia. Aznar la tiene asumida. El jueves, en un desayuno informativo con la encargada israelí de negocios en Madrid, Dana Erlich, abogó, casi exigió que se normalicen las relaciones con el país de Netanyahu. Israel no solo agita y arma a Rabat, sino que defiende la soberanía marroquí de Ceuta y Melilla. Y la señora que suple la ausencia del embajador israelí se creció hasta el punto de traicionar su declaración de inocencia en la entrada masiva de Ceuta: “No trabajar con Israel tiene un precio sobre los ciudadanos españoles”, advirtió en Madrid, arropada por el patriarca del PP. Aznar asintió: la crisis de Ceuta es consecuencia de que el Gobierno se haya alejado de Israel, “siempre se paga un precio demasiado alto”.
La vida o vidorra de estos líderes les impide tener un átimo de pudor antes de dar vergüenza ajena. Ahora Marruecos acaba de acusar, tácitamente, a Feijóo y al PP de “una escalada irracional y populista”, según el Ministerio marroquí de Exteriores. Apuesto a que Génova centra el tiro en Sánchez y pronto pasa página con Rabat. Pero ser un estadista en España exige ciertos baremos.
El bucle de Ceuta contiene retazos de aquel 11S, cuando también se cuestionó a los servicios de inteligencia. La desclasificación de documentos por parte del Gobierno contiene un wasap de un agente del CNI al jefe del gabinete de la Delegación del Gobierno en Ceuta, que dimitió el viernes. El aviso era parco y no siguió la cadena de mando.
Pero el árbitro pitó y se está jugando el partido de las próximas elecciones, con la complacencia mediática, presta a desinformar. Y con la mala costumbre de querer acompasar por sistema la oposición política con la recurrencia de la Justicia. En la apertura del año judicial, la presidenta del Supremo y el CGPJ, Isabel Perelló, desaprobó las quejas del Gobierno hacia los jueces. Pero la fiscal general, Teresa Peramato, calificó en el acto la condena de su predecesor como “un hecho grave”. Y el Supremo ha vuelto a exponerse públicamente con la suspensión del derecho a voto de los nacionalizados con la ley de nietos, dando pábulo a la teoría del pucherazo electoral de PP y Vox.
En España se ha ido más lejos que en EE.UU., donde Trump no ha conseguido legalmente poner trabas a votantes indeseables para él en las elecciones de noviembre. Y jueces conservadores que le deben el empleo no le ríen las gracias, por temor al descrédito.
En aquella democracia, ni Bush ni Obama sufrieron asedio judicial por su complejo papel en el 11S y la muerte de Bin Laden. La política se bastó por sí sola.
