El otro día vi el partido Atlético de Madrid-Real Madrid y el que perdió el encuentro fue el equipo de Mourinho (1-2). El árbitro no era malo, sino pésimo, pero si un equipo marca goles y domina, como el Barça hoy, no tiene por qué temer a los árbitros, por muy petardos que sean. Como mi salud no tiene por qué aguantar las malas andanzas de los blancos, no volveré a ver sus partidos hasta que no se enderece el equipo. Y si no se endereza, pues me borro del todo. Porque Florentino no me va a pagar la válvula aórtica. Hay que ver lo mal que se está vendiendo el Real Madrid, en beneficio de la sociedad independentista que viste de azulgrana, y el ridículo que está haciendo a todos los niveles. Yo, antes, me ponía -imitando a los magos, que llevan la del Barça- la camiseta del Madrid para ir a desayunar a la arepera. Ahora llevo la de la Selección de Alemania, con mi nombre en la espalda, que mi sobrina Marta me regaló por mi cumpleaños. Se negó a ponerle el número 69, como yo quería, y me colocó otro más púdico en la chepa. Pero me vale. La vergüenza que sentí el domingo, ante el televisor, fue muy grande. Los jugadores del Real Madrid se han convertido en señoritos bien pagados, maleducados, antisociales, que juegan a hacer política de camiseta (Mbappé, Vinicius y Konaté con Ceuta) y que se lían con artistas, lo cual los hace más idiotas todavía. El otro día volvieron a caer, por segunda vez en la temporada, y luego van y le echan la culpa al maleta del árbitro, un tal Ortiz Arias, o algo así, que está para pitar en regionales. Y el llamado Trujillo, que me da que es canarión, merece que lo saquen del VAR por las orejas. Cada vez que juega el Madrid la caga el tío. Es que todos los magos son del Barça.
