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tribuna

El año sin Dulce Xerach

Hace un año de la repentina muerte de Dulce Xerach delante de un ordenador en la habitación de un hotel en Madrid.

Aquella mujer que vivió 56 años al pie del cañón. A Dulce, la muerte le había interesado, no solo literariamente, estaba al tanto de ella con la curiosidad intelectual de una vida intensa en estado de alerta. Y creo que estaba preparada, formada, instruida en la materia.

En mi círculo más íntimo se había ido mi hermano Martín hacía escasamente dos años y medio, y recuerdo las vueltas del destino cuando Dulce, Cuchi Jarque, Santi Gutiérrez y yo nos reuníamos alrededor de una mesa en la Cafetería del Parque García Sanabria para hacer la escaleta del homenaje a Martín en el Cabildo. Dulce aportaba ideas, recordaba a mi hermano como gestor cultural y asomaban sus etapas de consejera insular y viceconsejera, los años junto a Adán Martín, que era su cuñado y había sido su faro político, también ausente. Aquellos días nos intercambiábamos teorías sobre el más allá y citas obligadas de Mario Alonso Puig, al que ella frecuentaba en sus talleres de Madrid.

En esas tertulias del García Sanabria, Dulce solía hablar de Fernando Menis, su marido y compañero de faenas en el estudio de arquitectura, desde que ella se retirara de la vida pública. Lo reivindicaba como hacía con César Manrique o con Óscar Domínguez, queriendo hacer justicia. Tenía en la punta de la lengua -era abogada- la defensa de Fernando, el arquitecto, el creador, el profeta exiliado de la tierra. Lo admiraba, lo quería mucho, pero ahora me sorprende escuchar de memoria su voz característica reivindicándolo con énfasis cuando aún no le habían concedido el Premio Canarias.

Un día llegó exhausta, quejándose del estrés, como comentaba el historiador Nicolás Pérez, su padre, en la Librería del Cabildo en Santa Cruz: “Tenía muchas cosas, no podía más”.
Así que nuestra amiga se disponía a salir de este laberinto apenas un par de años más tarde, quién lo iba a decir. “El tiempo es tirano, no tiene compasión de nadie”, se quejaba el padre, tacoronteros los dos, casi tal para cual. “Recordémosla con cariño. Era una mujer muy lúcida”, dijo de la hija que se le fue. “La tengo en casa constantemente, y eso nos lleva a la angustia de no poder decirle, Dulce, qué bien lo estás haciendo, y darle un abrazo”. Un padre fuerte, que en el velatorio comentaba a mi lado delante del féretro: “Muy joven para morir”. En la librería la nombraba con orgullo. “Es mi hija, pero tengo que presumir de ella. Dulce, en su universo.”

Es imposible no recordarla con apremio, porque era muy activa y, sin embargo, ahora, en el concierto de Benito Cabrera y Tomás Fariña -el jueves en el aniversario-, en la joya de Fernando Menis, el mejor edificio del mundo en 2025, la iglesia del Santísimo Redentor de Las Chumberas, “todo estaba en reposo,/ la sombra y también la claridad,/ la escritura y la flor”, como en los versos de Rilke. El timple, la guitarra y la luz entre los resquicios de la piedra componían un Dulce recuerdo en su honor.

Dulce era inteligente, brillante y, a menudo, genial. Desde muy joven ya era el epítome de un tiempo en las Islas de hazañas culturales y alegóricos edificios que se asocian con su nombre, por gestas como El Tanque -la activista del Patrimonio industrial, histórico y artístico- o el TEA, que fue producto de su empeño por realzar la obra surrealista de Domínguez, el veraneante del castillete de Guayonje, en Tacoronte.

El encuentro de Dulce con aquellos arquitectos suizos Herzog & de Meuron era un botón de muestra de sus conexiones con artistas locales y extranjeros en lo que su padre denominó “Dulce en su universo”. Una vez, mi hermano Martín fue con ella en busca de Juan Goytisolo en su Macondo de Marrakech, en la plaza de Jemaa el Fna, Patrimonio de la Humanidad. ¡Qué tiempos! ¡Vivían los tres en nuestra presencia!

“Respirar el aire de las ideas sigue siendo para mí más importante que simplemente respirar” (Dulce Xerach). Ahora tienen todo el sentido, pero entonces las ideas que Dulce paría no siempre encontraban la mejor acogida. Era por la “lucidez” -la Dulcidez- de la que hablaron aquel día en la librería del Cabildo, en la Avenida Islas Canarias, Nicolás Pérez y el consejero insular de Cultura, José Carlos Acha, que no le hizo un cumplido, sino le hizo justicia, al recordarla como “una mujer maravillosa”.

Cuando se empeñaba en algo, Dulce llegaba hasta el final. Y así llegó al final de su vida, tras tantos logros. Dejar la política le permitió sacar a flote la saga de novelas de María Anchieta, con inevitable aire de alter ego, porque, como dice Margaret Ramírez, “hay mucho de Dulce en ella”.

Como escritora viajera, de Venecia a Hong Kong, estaba siempre volando con Fernando, que la estimulaba a escribir, porque Dulce era feliz entre libros. Siempre recuerda la escena de cuando él se despertaba y, “en mitad de la noche, ella estaba leyendo”.

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