El Gran Hotel Taoro (Puerto de la Cruz), que se encuentra ubicado en lo alto de la loma conocida como Parque Taoro, fue diseñado por el prestigioso arquitecto francés (perteneciente a la logia masónica de Lyon) Jean-Francoise Adolphe Coquet y ejecutado por varios arquitectos canarios. Fundado en 1890, se convirtió en aquel entonces, en el primer gran hotel de lujo de España y el punto de partida del turismo moderno de Canarias. Actualmente su acertada rehabilitación, la elegancia de sus espacios comunes, habitaciones y jardines, lo han convertido en todo un referente nacional e internacional. Destaca en este hotel su atmósfera de tranquilidad, la amabilidad de sus empleados, el confort y la excelente oferta gastronómica, que tanto han elogiado históricos visitantes como Alfonso XIII, Agatha Christie (que se hospedó en febrero de 1927, junto a su hija Rosalind y su secretaria y amiga Charlotte Fisher), Eduardo VIII del Reino Unido, el rey Alberto I de Bélgica, Konrad Adenauer (primer canciller de la República Federal de Alemania), los duques de Kent, entre otros.
No hace mucho, tuve la oportunidad de tomar un café en una de sus terrazas, desde donde pude disfrutar de las excelentes vistas del océano y del Teide, mientras tomaba notas en mi agenda para un próximo proyecto editorial. No estaba lo concentrado que suelo estar, ya que al atravesar los jardines exteriores del hotel y bordear su fuente principal, me había llamado la atención una mujer con un vestido azul turquesa, que lucía un gran collar de perlas y que hablaba justo en ese momento con un miembro del personal de seguridad. Reconozco que fueron solo segundos, pero aquella mirada profunda y al mismo tiempo misteriosa me impresionó. Según iba camino de la terraza (por un momento), mi mente se quedó en blanco y mis preocupaciones de un año ajetreado parecían haber desaparecido por un instante. Estaba impaciente por saborear mi café bien cargadito que le había encargado al camarero, pero más ansioso estaba por ver si aquella mujer, cuya cara me resultó algo conocida, venía igualmente a la terraza. No puedo negar que me había dejado cargado de expectación, incluso diría que de intriga.
Pasaron 10 minutos interminables y me entró mucha curiosidad por saber qué fue de aquella figura femenina del relucido collar de perlas y vestido azul que poco antes había contemplado. Dejé mi agenda sobre la mesa, para dar entender a los camareros que aún seguía ocupada, y pasé al hall. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi al Director del hotel acompañando a la enigmática dama hacia la biblioteca y no pude dejar de notar que su pálida cara la hacía parecer un ser de ultratumba que abrumada miraba angustiada en todas las direcciones.
Regresé a mi mesa y me entretuve respondiendo a una llamada perdida que no había visto en mi móvil. Justo al terminar observé como un camarero le hacía señas a la enigmática mujer del collar de perlas para que se acomodara en una de las mesas, donde ya tenía preparada una tetera y bandeja con galletas y pastas variadas. Mi imaginación llegó a tal límite que por unos instantes me pareció verla sonreír, abandonando el gesto serio, nostálgico y al mismo tiempo poseída de un cierto encanto magnético, que tanto me había atraído desde que la vi en los jardines.
Con disimulo, observaba fascinado todos sus movimientos hasta que finalmente echó hacia atrás el respaldón de su sillón, sacó sus gafas y comenzó a escribir en su cuaderno.
Aproximadamente media hora más tarde, y como si alguien la hubiera llamado, se levantó del sillón y se dirigió con cierta celeridad hacia una de las barandillas del mirador. La tarde era fresca y la brisa del Atlántico que subía desde el mar pareció envolver la figura de la mujer del collar de perlas. En cuestión de segundos su silueta comenzó a desvanecerse y justo en ese momento pude ver claramente su rostro extraño, misterioso e impenetrable. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y solo pude pensar:
¡Dios mío, si es Agatha Christie!
¿Mi imaginación me estaría jugando una mala pasada?
Seguí un buen rato paralizado, pensando que si esa dama retornara del más allá, la arquitecta del suspense escribiría sus primeros capítulos desde esta misma terraza del Atlántico… Sin quererlo, me vi escribiendo “fue como si un ser superior hubiera decidido otorgarle una tregua en su travesía temporal…”
