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El huevo de Astrid

O mi provecta edad me juega una mala pasada o en mi noche de insomnio del martes al miércoles, a las seis y media de la madrugada, escuché decir a la presidenta del Parlamento, Astrid Pérez, en la COPE, que quería “un huevo” a sus compañeros del PP y que el objetivo era ganar las elecciones en Lanzarote y en Canarias. Hombre, que Astrid se refiera al huevo como unidad de medida no me parece del todo mal, porque yo soy un entusiasta del lenguaje coloquial. Federico Trillo, el de ¡viva Honduras! en El Salvador (¿o fue al revés?), también pronunció, en la tribuna del Congreso, cuando lo presidía, aquel “¡Manda huevos!”, que le catapultó a la fama. Ambos, Astrid y Trillo, han tomado al huevo como recurso parlamentario. Lo contado es estupendo, aunque todo el mundo sabe que en el PP de Canarias, presidido por un analfabeto funcional como es Manuel Domínguez, existe una crisis que supera al propio huevo y que la defenestración de Astrid como presidenta del partido en Lanzarote era -como me insiste un destacado miembro del PP- la crónica de una muerte anunciada. Y eso, a ocho meses de las elecciones municipales y autonómicas, no habla muy bien del sentido de la oportunidad de Domínguez, que va a conducir a su partido al desastre absoluto, incluyendo a su hermana, enchufada en el gabinete del propio Domínguez, así, por la cara. Esa gente cree que los demás somos bobos y que nos dedicamos a la vida contemplativa. Por eso yo, entre Manolo Domínguez, Víctor Ángel el del PSOE (¿o es Ángel Víctor?) y Clavijo (lejía El Herrero, lava a la señora, lava al caballero) me quedo con ninguno de los tres. Yo voy a votar a Gundisalvo, por el que me siento representado ampliamente, huevo más, huevo menos. Bendito Mingote, paz descanse.

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