el chasnero

El jediondo

Dejar que los perros hagan sus necesidades en la vía pública sin recoger los excrementos ni limpiar las meadas produce graves problemas de salubridad, convivencia y deterioro del espacio urbano. Y conviene aclararlo desde el principio: el perro no tiene culpa de nada. El perro mea, caga, golisnea y sigue su camino porque, hasta donde sabemos, todavía no lleva bolsitas en el bolsillo ni una garrafa de agua debajo del sobaco. El problema camina detrás, agarrado a la correa: ese dueño al que su animal le planta un moñigo en mitad de la acera y contempla la obra con el mismo romanticismo que otros miran una puesta de sol.

Las consecuencias de estas omisiones para la salud pública pueden ser muy graves. Las heces contienen parásitos y bacterias como la salmonella, el E. coli y los huevos de lombrices. Pueden contagiar a humanos y a otros animales. Es decir, que aquella cagada que el dueño abandona en la acera no es solamente una guarrada: puede ser también un pequeño laboratorio farmacéutico, y gratuito, al aire libre.

Los restos orgánicos, además, atraen insectos y roedores que propagan infecciones en las zonas residenciales. Es decir, el dueño sale a pasear al perro y, por el mismo precio, deja alimentados a moscas, cucarachas y ratones del barrio. Sin duda, el jediondo es un hombre “comprometido” con la biodiversidad.

Los riesgos se multiplican cuando estas prácticas se producen en parques infantiles y zonas verdes. Y ahí ya no estamos ante un simple guarro, sino ante un jediondo cum laude. Hay que tener jeta amplia -y la vergüenza en paradero desconocido-para contemplar cómo tu perro planta un brindis junto a un columpio y marcharte dejando que el próximo en encontrarlo sea un niño de cuatro años.

No hablemos ya del deterioro del mobiliario común: la acidez de la meada daña farolas, fachadas y árboles, el pestazo resulta insoportable y las manchas de las aceras convierten algunas esquinas en auténticos urinarios municipales sin placa, sin inauguración y, afortunadamente, sin discurso del intendente.

Hechas estas consideraciones, me llama mucho la atención, y me encochina indescriptiblemente, que la Ley 7/2023 de Protección de los Derechos y el Bienestar de los Animales estipula que no cuidar la higiene de la mascota en espacios públicos es una infracción… ¡leve!

Y digo yo que leve será para el legislador, que seguramente redactó el artículo desde un despacho y sin pisar una mierda de perro con zapatos nuevos. Porque hay leyes que se escriben con la cabeza, otras con los pies, y algunas, a juzgar por el resultado, con una pinza en la nariz. Yo propondría una pequeña reforma parlamentaria: antes de votar que abandonar una cagada en una acera, una plaza o un parque infantil es una infracción «leve», que sus señorías se den una vuelta por el barrio, la pisen, se suban al coche, manchen la alfombrilla y lleguen con ella a casa. Después volvemos a votar.

Hay municipios en España, algunos muy próximos, en los que se establece una multa máxima de tan sólo 750 euros por esta infracción. Pero si la cagada la pisa un diputado, igual conseguimos por fin una reforma legislativa por procedimiento de urgencia.

Y termino como empecé: no tengo absolutamente nada contra los perros. Al contrario. El perro es un animal noble, fiel, cariñoso y, además, hace sus necesidades donde buenamente puede porque todavía no conoce la Ley de Bienestar Animal ni lleva una bolsita del Mercadona en el bolsillo. El problema es el otro animal, el que camina detrás de él sujetando la correa, que contempla cómo su perro planta un mojón en mitad de la acera y se larga silbando como si aquello fuera una donación al patrimonio municipal.

Por eso, cuando mañana vuelva usted a encontrarse un moñigo en la calle, no insulte al perro. El perro es el perro. El jediondo es el dueño.

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