Addoor Sticky
tribuna

El odio también se aprende

Hace poco volví a leer 1984. Esta vez en formato digital, cosas de los nuevos tiempos. Ya lo había leído antes, pero los libros tienen esa extraña capacidad de ofrecernos una lectura diferente dependiendo del momento de la vida en que volvamos a ellos. Las palabras siguen en el mismo sitio; somos nosotros quienes llegamos con otros años, otras experiencias y otra manera de mirar el mundo. Esta vez se me quedaron rondando aquellos Dos Minutos de Odio en los que todos debían reunirse frente a una pantalla para descargar su rabia contra un enemigo previamente elegido.

Cuando acabé de leerlo pensé que Orwell necesitaba una pantalla enorme y una hora determinada para conseguirlo. Nosotros llevamos la pantalla en el bolsillo. Quizá por eso aquella escena me resultó ahora mucho más cercana.

No pretendo decir que vivamos en aquel mundo que Orwell imaginó en 1949. Sería exagerado y, probablemente, demasiado fácil. Pero sí reconocí algo que me inquieta cada vez más: la facilidad con la que puede dirigirse el enfado de una sociedad. No hace falta inventarlo todo. Basta tomar un miedo que ya existe, simplificar un problema complejo, escoger la parte de la realidad que interesa y señalar a alguien; después, la repetición hace el resto.

Pensé en ello estos días al escuchar hablar de la “sensación de inseguridad subjetiva” de los ciudadanos de Ceuta y reconozco que la expresión me enfadó. Cuando desde el poder se reduce a una percepción aquello que una parte de la población está viviendo, no creo que se contribuya a resolver el problema ni a rebajar la tensión; al contrario, se agranda la distancia entre quienes gobiernan y quienes sienten que no están siendo escuchados. De esa distancia también se alimentan el enfado, la intolerancia y el enfrentamiento, porque el odio no solo crece cuando alguien señala directamente a un enemigo; también encuentra terreno cuando una sociedad empieza a sentir que existen realidades que no pueden nombrarse sin ser inmediatamente colocadas en un bando.

Pero el odio no empieza ni termina en los grandes discursos. Muchas veces nace mucho más cerca. Una conversación con mis hijas nos llevó a hablar de cuánto puede llegar a pesar la mirada de los demás, de quienes crecen escuchando comentarios sobre su cuerpo, sus rasgos, su procedencia o cualquier diferencia que alguien haya decidido convertir en motivo de burla; también de adolescentes que entran cada mañana en clase sabiendo que volverán a reírse de ellos y descubren que, al regresar a casa, el teléfono permite que el acoso entre también en su habitación. Llegamos entonces a algo todavía más duro: personas para las que ese sufrimiento puede llegar a hacerse insoportable.

Entonces el odio deja de ser una palabra enorme y se vuelve cotidiano. Está en una fotografía compartida para burlarnos, en un comentario escrito en unos segundos, en una palabra repetida cada día y también en el silencio de quienes observan mientras alguien es señalado. Lo preocupante es que, después, seguimos deslizando el dedo por la pantalla. Nosotros continuamos con nuestra vida; quien estaba al otro lado quizá no pueda hacerlo con la misma facilidad.

Una sociedad acostumbrada a señalar al diferente es también una sociedad más fácil de dividir. Nosotros contribuimos cuando compartimos antes de comprobar, reaccionamos antes de pensar o aceptamos sin demasiadas preguntas aquello que confirma lo que ya creíamos. Resulta mucho más sencillo descubrir la intolerancia en el otro que reconocer nuestros propios prejuicios.

Por eso hablar del odio termina llevándome inevitablemente a la educación. No solo a la de las aulas, sino a la que empieza en casa, en cómo hablamos delante de nuestros hijos de quien viene de fuera, de quien piensa distinto, de quien ama de otra manera o simplemente de quien no se parece a nosotros. Educar es transmitir valores, pero también enseñar a preguntar, contrastar, escuchar, dudar y desconfiar de las respuestas demasiado sencillas.

Porque el pensamiento crítico tiene algo poco conveniente para quien pretende manipular: nos obliga a detenernos antes de reaccionar. Una sociedad educada no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que resulta mucho más difícil que otros decidan lo que debemos pensar. Podemos discrepar, incluso profundamente, sin necesitar convertir al otro en enemigo. Tal vez deberíamos preocuparnos menos por enseñar a las nuevas generaciones qué deben pensar y bastante más por enseñarles a pensar.

Y vuelvo entonces a Orwell y a aquellos Dos Minutos de Odio. Allí alguien decidía cuándo comenzaban y hacia quién debían dirigirse. Nosotros elegimos cada día qué mirar, qué leer, qué compartir y qué pensar, o al menos eso creemos. Quizá la pregunta incómoda no sea solo quién intenta decirnos a quién debemos odiar, sino cuánto de aquello que creemos pensar por nosotros mismos llevaba ya demasiado tiempo en una pantalla, esperando a que termináramos haciéndolo nuestro.

TE PUEDE INTERESAR