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El poder no sirve para nada

Después de mucho darle vueltas, he llegado a la conclusión de que el poder y el dinero no sirven para nada. O acabas millonario o en la cárcel. Y el dinero, y viejo tú, no te lo puedes llevar a la tumba. Se cuenta la historia -falsa, probablemente- de un señor muy rico de Santa Cruz que ordenó en su testamento que cada uno de los cinco hijos legítimos que había procreado pusieran dos millones de pesetas dentro de la caja fúnebre, para sus gastos en el más allá. Los cuatro primeros hijos cumplieron, religiosamente, y en efectivo, los deseos del padre. Y el quinto hizo un cheque por diez millones lo metió en la caja y se quedó con el cambio en efectivo. Fue una leyenda urbana que circuló muy insistentemente por la capital y yo evitaré ofrecer el nombre de los doloridos, sobre todo de los doloridos por la pérdida de efectivo, porque el heredero más vivo evitó el pago (su padre jamás iba a cobrar el cheque, porque en el Cielo no hay bancos) y se quedó con los ocho millones de sus hermanos. El poder no sirve para nada y las riquezas tampoco. Miren, si no, a Zapatiesta, que guardaba las joyas en un cajetín y va la pasma y se las incauta. ¿Quién disfrutará ahora de semejante riqueza? Nadie, porque, con el papeleo, se muere Zapatero y las joyas seguirán criando malvas en el juzgado. Cuando a ti te embarga, un suponer, la voraz Agencia Tributaria un coche, a la hora de subastarlo el vehículo no tiene ni sillones, ni le entra la llave de contacto del tapón de mierda que acumula, tras años de polvoriento depósito. Háganme caso a mí, que he conocido la abundancia: el dinero no sirve sino para haberte mandado cien brunchs en el hotel Plaza de Nueva York. Es mejor vivir al día. Lo juro por Tito Wisa.

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