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En las noches de luna y clavel

No es mío el título, sino de Carlos Cano, que en paz descanse. Yo las noches me las paso en vela porque desde hace años tengo lo que se dice un horario cambiado. Nadie ha podido alterar las horas de mi sueño, que son de cinco de la madrugada a once de la mañana; y a veces un poquito más. Con este horario, el día cunde mucho menos y la vida se hace más corta, aunque también tiene la ventaja de que me he convertido en un experto en series de televisión. Mi calle es muy frecuentada con la madrugada y una caja de resonancia, porque provoca unas condiciones acústicas mejores que las del auditorio Alfredo Kraus, que para los canariones es el mejor del mundo. Como todo lo que tienen, incluido el Puerto de la Luz y de Las Palmas, de los Grandes Expresos Europeos y de las JONS. Por mi casa, a partir de cierta hora de la madrugada, no pasan sino tipos cargados y gritando, coches tuneados con la música muy alta y motos, que con el calor están de moda, a las que les han retirado los tabiques del tubo de escape. Un horror. A ello hay que añadir los sacadores de dinero de los cajeros de la Caixa -las raras veces que funcionan- y cuando no funcionan -que es casi siempre-, las discusiones entre los que no tienen un euro en la cuenta y el propio cajero parlante. Patético. Me he acostumbrado y a veces saludo desde el balcón a unos y a otros, compadeciéndome de sus sufrimientos. Es muy jodido no poder llegar a fin de mes y que un cajero automático se interponga en el trayecto. Mis noches, como ven, son de luna y clavel, como las de Carlos Cano, que en paz descanse.

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