Estoy conservando por un lado -y tirando las molestas- fotos antiguas y viejas, que no es lo mismo. Y se me cae el alma a los pies: muchos de los que aparecen en esas fotos ya no están en el mundo de los vivos. Llevo como veinte álbumes revisados y me ha entrado tremenda depresión. Hombre, se han ido algunos enemigos, lo que siempre es de agradecer, pero otros buenos amigos han abandonado el mundo de los vivos y me da mucha pena. Un archivo tiene sus cosas buenas, un archivo personal me refiero, pero cuando vas a buscar algo no lo encuentras. ¿Por qué? Pues porque lo has guardado mal. Lo bueno de las fotos es que empiezan a aparecer ciudades que no recordabas y, sobre todo, personas con las que no recordabas haber estado en esas ciudades. Empiezas a tirar del hilo y le vas dando vueltas a tu vida como un trompo que no ha dejado de girar, hasta que toque. Pero por lo menos he eliminado del tiempo personas que no merecían estar y me he comprado una trituradora que es una maravilla por 57 euros. No queda ni rastro de lo que le eches, con lo que la conciencia de las fotos parcialmente rotas a mano no te hace mella en los recuerdos. Se difuminan en la trituradora y adiós. Llevo una tarde y un día con la operación olvido por un lado y con la operación cariño por otra. Una canción del recordado Festival del Atlántico se titulaba “Operación cariño”. Decía: “La operación cariño está cumplida: amigos ya me voy”. Pues eso. Me quedan un par de días de trabajo y lo más trabajoso es llevar los álbumes, ya vacíos, al contenedor. No pienso regalarle ningún recuerdo a los que recogen la basura.
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