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Furia corsaria: nuevos hallazgos sobre Amaro Pargo

El corsario tinerfeño Amaro Rodríguez Felipe es sin duda alguna uno de los personajes más importantes que han dado las Islas Canarias a lo largo de la historia. Su figura se viene recuperando desde una perspectiva académica desde hace más de una década gracias al importante trabajo del equipo liderado por el catedrático Manuel de Paz y el investigador Daniel García Pulido.

Dentro de esa amalgama de fuentes documentales destacamos una serie de hallazgos que siguen profundizando en el periplo casi desconocido del corsario por el Nuevo Mundo bajo el servicio que prestó al Rey Felipe V, inserto todo ello en la primera compañía de comercio con sello hispano, la Compañía de Montesacro, bajo el nombre de uno de sus promotores Diego Zárate y Murga.

Amaro Pargo ejerció como factor del navío llamado Nuestra Señora de la Concepción y bajo su mando tuvo que hacer frente no solo a los enemigos de España fundamentalmente Inglaterra y las Provincias Unidas, sino que también tuvo que lidiar con las acciones de la élites criollas vendidas al comercio ilícito.

Dentro de esta empresa encontramos a otros canarios como el propio hermano de Amaro, José Rodríguez Felipe y a Antonio José Álvarez de Abreu, el futuro marqués de la Regalía que también tuvieron un papel destacado en la década que estuvo la compañía activa.

La documentación estudiada muestra una clara relación entre este último personaje y nuestro corsario, una relación forjada ante la adversidad y la constante conflictividad social que se generó por la llegada de la Compañía a tierras americanas. La actuación de ambos en este contexto permite comprender mejor si cabe, el ambiente de vigilancia y control que se desarrolló.

El primero desde su posición institucional, representó la autoridad y voluntad de la Monarquía, era la pluma. Mientras que Amaro, por su parte, se convirtió en la espada, el instrumento capaz de hacer cumplir sobre el territorio los mandatos reales. Una tarea que no fue sencilla, porque predominaba el contrabando, los intereses criollos y las pretensiones extranjeras sobre un rico territorio.

El 19 de abril de 1715 Amaro Pargo escribió a Álvarez de Abreu, solicitando licencia para hacer viaje a Puerto-Cabello con el fin de recomponer su nave que se encontraba en mal estado tras el largo viaje que habían hecho desde la Península y para seguir comerciando a través del traslado de cacao a Veracruz.

En este sentido, y , pese a contar con el visto bueno de los funcionarios reales que acompañaban a la compañía, las autoridades criollas rechazaron dicho edicto. Ahora bien Álvarez de Abreu y Pintado volvieron emitir un texto una semana después con la finalidad de que Amaro partiera a Puerto-Cabello y siguiera enfrentando a las naves extranjeras vendidas al contrabando así lo narran en el fragmento siguiente:

[…] Y dale comisión para que aprese las embarcaciones extranjeras de cualquiera nación sin licencia expresa de S.M encontraremos en la costa y pueblos de esta Provincia con los géneros y frutos que en ellos hablase y los oficiales de su conducta, de cuya aprehensión hará […]

En ese sentido Amaro Pargo informó a las autoridades de su objetivo de acabar con esas actividades ilegales donde llegó a contabilizar 6 navíos y 10 balandras de dudosa procedencia que estarían complicados en dicho comercio ilegal, al final la operación más repetida era la de trasladar cacao a México e intercambiarlo por la tan apreciada plata. El propio Amaro era consciente de las fechorías que se practicaban en las costas de Venezuela y en otras parte del Caribe, así lo dejó por escrito.

[…] lo que se podrá evitar luego a mi llegada, valiéndome de las embarcaciones amigas, se ahuyentaran y apresaran las […] y saltando en tierra con el auxilio de la justicia impediré con mi gente, y la que habita aquellos valles y puertos[…]

Al final José Antonio Álvarez de Abreu y Amaro Pargo tuvieron que compartir su papel en un complejo escenario político, económico y social de la Provincia de Venezuela de comienzos del setecientos. Marcado por la presencia de comerciantes extranjeros que junto a buena parte de las élites criollas se encontraban inmersos en el contrabando que afectaba a la Monarquía Hispánica.

El primero encontró en el segundo a un colaborador capaz de trasladar al terreno práctico las disposiciones de la Corona y el segundo encontró a su principal valedor ante las autoridades locales.

Ambos compartieron, junto al oidor Pedro Tomás Pintado y al resto de sujetos que acompañaban la expedición, la preocupación por controlar las actividades comerciales ilícitas y proteger los circuitos mercantiles autorizados. Por lo que la relación entre ambos personajes no fue circunstancial, sino que se inserta en una estrategia más amplia con la defensa del comercio imperial y de lucha contra las redes de contrabando que operaban en la costa venezolana.

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