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Hasta los mismísimos

Harto de Sánchez, harto de Begoña, harto de la ONU, harto de los moros, harto de la pobrecita Maricarmen, harto del ático de Ayuso, harto de Leire, harto del hermanísimo, harto de la memoria de Sabiniano, el de las saunas gays, harto del disléxico de Feijóo, harto del Tribunal Constitucional, harto de Puigdemont, harto de Joan Laporta y de Yamine Lamal, harto de Florentino Pérez, de los árbitros, de Mbappé, de Vinicius y del Balón de Oro, harto de la invasión de Ceuta, harto de la España negra y de los trenes de Óscar Puente, harto de Marlaska y de su blanca palidez, harto del spray de la quícara aquella del PP en el Congreso, de cuyo nombre no quiero acordarme, harto de la propia quícara nuestra, que quiere ser presidenta del Parlamento de Canarias, harto de Irene Montero y de su eterna presencia en los follones callejeros, harto de mi bajísima pensión, harto de las portadas de El País, harto de Astrid Pérez y de Manolo Domínguez, que son como Mortadela y Filemón, harto de las motos que no me dejan dormir, harto del timbre trabado de la casa de al lado, que suena día y noche, harto de las tertulias de televisión, harto de las manifestaciones de cuatro gatos, harto de caerme de culo (la última vez, el jueves), harto del tráfico, harto de los borrachos del Puerto de la Cruz que transitan de madrugada por la calle Zamora, harto del joyero Zapatero, harto de intentar entender por qué no va el rey a Ceuta, harto de un sillón de cuero que me compré y que me molesta en las ingles, harto de dos tipos culés del Chiringuito, uno de los cuales nació en Valencia, harto de un país de mentirosos de izquierdas y de mentirosos de derechas. En resumen, hasta los mismísimos. No puedo más. Creo que me voy a alongar en el Puente del Hierro, a ver si me acompaña el balanceo.

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