Dicen que la izquierda tiene el monopolio de la acción transformadora de la sociedad. No creo que sea para tanto. Al menos los intentos de que ha dispuesto no siempre han producido los frutos deseados. Son otros los motores que nos han llevado a los cambios: los avances en el pensamiento filosófico, la ciencia y la tecnología, y me atrevería a decir que el arte y la cultura, son más responsables que los activismos sociales. El activismo muchas veces actúa de manera impulsiva y desordenada y consigue el efecto contrario. Las transformaciones en el modelo de organización de la sociedad se provocan más por la implantación silenciosa de formas culturales que se asientan definitivamente como eones inamovibles, diferenciándose así de las modas efímeras que solo son el reflejo de anuncios de lo que está por venir y no llega. Estas actitudes son más efectivas, a la larga, que alcanzar el control de las plataformas de poder que las traduzcan en normas administrativas, como si la sociedad solo entendiera de aquello que tiene que ser obedecido obligatoriamente a partir de su plasmación en los boletines. Entonces se confunde el poder con la evolución natural de las costumbres y del pensamiento para llevarlas a cabo, y el único objetivo es conquistarlo y preservarlo a toda costa, como si su ejercicio fuera imprescindible para el progreso. En un sistema democrático estas cosas estarían fiadas a los procesos electorales y todas las acciones se verían encaminadas hacia su control, sin importar los medios que se utilicen y sin que exista una moral que ponga límite a este juego, casi siempre en contradicción con los objetivos que se persiguen. Sánchez dice que ganará en 2031 y más, con lo que amplía el horizonte de su mandato para poder llevar a cabo los cambios que nos conducirán al paraíso deseado. Su vocero frustrado, Iván Redondo, no habla de intervenciones espurias en el censo, lo fía todo a un nuevo concepto lorquiano: el duende. El duende es un símbolo que aglutina a la España dispersa y asimétrica, porque tanto lo encontramos en la Cataluña de Vicente Escudero o Carmen Amaya, como en la Granada de Federico, en el Cádiz de Lola Flores, en la Sevilla de Rafael de León, o en la Salamanca de Farina. Un viento nuevo y españolísimo, más que la Ceuta y Melilla de Margarita Robles, puede aglutinar un sentimiento de recuperación para darle la vuelta a las encuestas, aprovechando el estreno de una peli sobre una comedia de García Lorca. No está mal tirado. Iván siempre tan ocurrente diseñando un panorama como el oscuro secreto del deseo. En el fondo está mostrando el híbrido de una nueva personalidad que aún no habíamos descubierto: ese carácter gitano y aceitunado renacido en la figura del líder que es capaz de vestirse de lagarterana para asumir la representación más genuina del lugar donde se hace presente. Ahora, buscando en el baúl de Karina, ha encontrado la nueva imagen, rotunda e indiscutible, que será aceptada en todos los rincones de España, desde las cuevas del Albaicín a los Tarantos de la plaza Real de Barcelona, pasando por los toros de Guisando y la plaza de toros de Pamplona bailando Paquito el Chocolatero. Esta es la España que resurge de sus cenizas y que vendrá ayudada por unos presupuestos sociales y una amnistía para Puigdemont. Por cierto, éste ha anunciado en una entrevista en Londres que Ceuta y Melilla son dos colonias españolas que deben reclamar un referéndum de autodeterminación. Esta será su última petición en el libro de reclamaciones. Eso sí, exigido con mucho duende. Ahora se trata de disfrazarse de la luna, que viene a la fragua con su polisón de nardos. ¡Hay que ver! También Franco se aprovechaba de estos mitos, y mezclaba a las violetas imperiales de Eugenia de Montijo con Carmen la de Ronda. Todo está inventado, para que cambiar. En el fondo somos como esa gitana cigarrera que esconde su navajita plateada en la liga que le sujeta la media.
