tribuna

La vivienda de Maricarmen

El problema de la vivienda es ideológico. Mientras tanto los precios de venta y los alquileres no dejan de subir y esto se convierte en el principal frente para encausar la vida de los jóvenes, que tienen que dedicar una parte importante de sus salarios exiguos para satisfacer esta necesidad. Estas realidades son las que desmontan el excesivo triunfalismo con que se alardea de las cifras macroeconómicas. El debate alcanza desde la congelación de los suelos, impidiendo nuevas construcciones, hasta la expropiación como última medida para resolver los desahucios. Se recurre de nuevo a lo de fondo buitre para calificar a una pequeña empresa de reformas. Ahora que el Gobierno se esfuerza en sacar la Ley que fracasó en junio, aparece el caso Maricarmen para animar el cotarro. Los manifestantes van de la vivienda frente al Retiro al aticazo del barrio de Chamberí frente a la madre de Ayuso. Sirve para mezclarlo todo y los expertos de un bando y de otro no se ponen de acuerdo para regular un mercado que, como cualquier otro, obedece a las reglas de la oferta y la demanda. Los intentos de acciones transformadoras de la sociedad traen estas consecuencias. Cada uno tira por su idea porque estamos ya en modo electoral y lo que se encuentra en juego no es la garantía del bienestar de los españoles sino la supervivencia política de los partidos, sus militantes, sus intereses y sus enchufados. Esto no es polarización, es la defensa de unas bases ideológicas irreconciliables, las más de las veces enfrentadas con los principios constitucionales. El activismo invade las calles de Madrid mientras a Mari Carmen se la llevan al hospital. Parece un anuncio de lo que sucederá después, cuando el Gobierno deje de ser el muro de contención del espacio público, y Ada Colau saque del armario la capa de Superman. De esto no nos vamos a librar tan fácilmente. Lo de Ceuta se ha convertido en una lucha de las ONG contra los xenófobos. Los caballas, acostumbrados a convivir con musulmanes, cristianos, hindúes y judíos, ahora se han convertido en todo lo contrario por mor de un debate semántico inventado en torno a la diferenciación entre invasión o guerra híbrida y crisis migratoria. Algo parecido a la vivienda de Maricarmen que impide el consenso sobre uno de los problemas que más afectan al país. Esta es la crónica de lo que sucede en el día a día, cambiante también de día a día. Los comentaristas dicen que se arreglará cuando el presidente vuelva de Nueva York, como si tuviera la varita mágica para resolverlo todo. Tal vez Conde Pumpido y el Constitucional ayuden un poco y hagan que los de Puigdemont traguen con la política de los de Podemos, que ahora le ponen la pierna encima a los de Sumar. Dicen que la venganza se sirve en plato frío. De todas formas es difícil que lo de la vivienda salga adelante. Nadie se la quiere jugar en las próximas elecciones y este es un asunto delicado que afecta tanto a propietarios como a inquilinos y no puede contentar a todos por igual. Además, las medidas que se aprueben no tendrán efecto inmediato y sus beneficios no se verán antes de ir a las urnas. Todos lo saben y no quieren arriesgar cediendo en sus postulados de partida. Hemos regresado a la época de los desahucios callejeros, con televisión y pancartas. Lo de Maricarmen no ha hecho sino empezar, pero es una batalla tardía porque los jóvenes desengañados votarán mayormente a Vox, para nuestra desgracia. Lo único que nos puede salvar es la Ley de Nietos, con lo que se demuestra que es un truco de última hora para salvar el pellejo, algo muy parecido a un fraude electoral.

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