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Lo que nunca conté

Ernesto Salcedo siempre me quiso llevar a El Día como redactor-jefe. Aunque yo era un hombre de La Tarde, la competencia. Un día, nos reunimos en la avenida de Anaga para sellar el compromiso, cuando me echaron del DIARIO DE AVISOS de la época, pero mientras llegaba al lugar escuché a Salcedo decirle al que tenía al lado: “A ver cómo le digo yo a éste que no hay nada que hacer”. Y así fue. Un tal Laureano Cruz, que era accionista del periódico, y a quien yo no conocía de nada, se opuso a mi nombramiento, que había bendecido el mayor accionista entonces (luego dueño absoluto), Pepe Rodríguez. Pepe me propuso más tarde entrar como redactor y a los tres meses ascenderme a redactor-jefe, pero preferí ser escritor independiente en su periódico, hasta que Ricardo Acirón, a la sazón subdirector, empezó a censurarme los artículos, a espaldas del director/editor, y le echaba la culpa a éste. Acirón impidió también que siguiera como profesor en la Facultad de Periodismo, que yo había ayudado a crear. Le secundó en su boicot el entonces rector, José Carlos Alberto. Y eso que era -y es- amigo mío. Mis años en El Día fueron muy interesantes. Cuando Acirón cayó en desgracia, Pepe Rodríguez me contrató y mis artículos aparecían enteritos. También contrató a mi agencia de noticias, AIN, que nutría de las mejores primeras páginas al periódico. Pepe Rodríguez fue un gran amigo, cuando salvamos nuestras diferencias. Era una persona decente, al final un tanto alteradas sus convicciones políticas; pero estaba en su derecho: el periódico era suyo. Acabo de regalar a José Luis Machado, historiador, el documento de adscripción al Movimiento de Salcedo. Era un gran periodista y fue también un leal amigo. Lo recuerdo con mucho cariño. Estuve años en El Día, desde fuera, y mis artículos eran -y a eso estoy acostumbrado- los más leídos.

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