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después del paréntesis

Los dobles

Lo que se establece es que en el vivir hay deberes que cumplir y gastos. Lo primero sacó de quicio al extraordinario escritor bonaerense Roberto Arlt. Así lo especificó: “Comer para trabajar y trabajar para comer”. Lo cual dio con una de las cuestiones sublimes de su obra: la distancia que existe entre los valores, el ingenio, la inteligencia, la fantasía o lo que adujo para sí por su madre y por Nietzsche: el super-yo no reconocido, atrapado por la certidumbre infausta que lo condicionaba. Esa es la trama de “Los siete locos” y de su primera novela “El juguete rabioso”. ¿Cómo escapar de ese tormento? En esas obras se especifica, y en la excepcional “Los lanzallamas”. Y el otro escritor argentino de la época asimismo lo especificó. Escribió “Borges y yo”. Ahí el encuentro con el doble: el Borges que lee, se relaciona con los amigos y es víctima del tiempo que lo matará; y el Borges que escribe y que no solo será digno de aparecer en las enciclopedias, sino que aspira a la eternidad, cosa cierta. ¿Tiene sentido la renuncia a las capacidades en las que se inmiscuyeron mientras pisaron esta tierra Arlt (más que escritor, periodista) o Borges (director de bibliotecas, profesor, conferenciante y eximio escritor), cual le ocurrió a un vecino mío que jamás trabajó, que se negó rotundamente a trabajar? Se concibe que la función expresa del ser es dedicarse a…, incluso prepararse para… De donde el tiempo se manifiesta en lo que se te exige hasta la jubilación. ¿Esta es la exclusiva forma del cuento, de la crónica que a mí me revela? Eso lo discuten los rebeldes y los filósofos, que acaso tengan razón. Una cosa es el ser, se dirá, y otra es el mundo y, por lo general, los seres son más por su extensión que por lo que cumplen. Pero asiste al criterio el otro valor expreso: vivir implica gastar, por más el Estado que te obliga a gastar: impuestos, seguridad social, el precio de la gasolina o de los vicios menores (cigarros, alcohol…) Todos, pues, de manera indiscriminada pagamos por comer, por la casa, por el coche que necesitas… ¿Qué hay de particular en semejante enmienda? Los gustos, la casa tal, el coche cual si puedes acceder a la marca x o al color pedido, la ropa cierta… Pero lo que proclama este tiempo no es el absoluto ante el que nos postramos. El caso más somero, el tal Trump y su guerra con Irán, que pierde. Y lo que deplora ese tormento: los mercados mundiales y la energía. Cosa que no le importa al susodicho, menos si sus amigos de las grandes petroleras ganan más por el amento del precio. ¿Es justo que esas circunstancias nos atrapen o el mundo ha de reaccionar como ha de reaccionar y enviar a los sátrapas a prisión? Lo segundo sería lo justo. Mas la historia no es confusa, para nuestra desgracia; eso, en gasto, no ocurrirá.

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