La emigración forma parte indisoluble de la conducta humana desde su aparición en la Tierra, va inserta en su ADN, como ser sociable por antonomasia, sin ella no hubiera conocido ni experimentado su evolución y progreso a través de la historia. Simplemente, hubiera desaparecido o extinguido. Como observador de la actualidad y de los mercados financieros, lo que ahora acontece en la ciudad española de Ceuta, en el Norte de África, que en principio han identificado como una crisis humanitaria y migratoria al uso, cumple las pautas definidas al comienzo de esta reflexión en voz alta, pero presenta sus matices muy a tener muy en cuenta. Porque lo que se nos ha mostrado públicamente en torno a la crisis migratoria y de seguridad nacional en Ceuta es sólo la punta del iceberg de una realidad más compleja y difícil para quienes llegan para ser acogidos y para quienes los reciben y cobijan voluntariamente o forzados y que deja al descubierto las bondades y miserias de un sistema que ha tenido que lidiar con esta coyuntura que no es nueva. Sin ir más lejos, Canarias sufre en sus carnes desde hace décadas, como lugar de acogida de miles de migrantes, este fenómeno, y sólo cabe salir a las calles y plazas de muchos municipios para percatarse de lo que sucede, mientras tanto, el goteo de cayucos hacia sus costas no cesa. La avalancha de migrantes marroquíes y subsaharianos que experimenta Ceuta, un territorio de apenas 18,5 kilómetros cuadrados pone a prueba la capacidad de respuesta de las administraciones españolas en la dotación de recursos logísticos y humanitarios que, por cierto, son limitados y en la articulación de medidas de protección de su territorio nacional. Esta ciudad, con una población de 85.595 habitantes (censo de 2025), se ve desbordada y literalmente asediada, y podría darse el caso de que futuras entradas masivas de inmigrantes exceda a la población autóctona. Ceuta y Melilla por sí solas no pueden afrontar el reto de una inmigración de tales proporciones en condiciones normales, no digamos si ésta tiene una componente cívico-militar por parte del país magrebí. La Marcha Verde de 1975 sobre el Sahara Occidental, ahora bajo soberanía marroquí, es un ejemplo de la forma de actuar de la monarquía alauita en su plan de construir el Gran Magreb, justo en momentos históricos de debilidad de España. Lo realmente triste en toda esta historia son las vidas que se han quedado en el camino o el mar. La emigración también es uno de los recursos legítimos de las poblaciones o grupos humanos que aspiran a mejorar sus condiciones de vida fuera de sus países de origen ante la incapacidad de éstos para ofrecerles un futuro mejor, ya sea por un subdesarrollo económico endémico extremo, ya sea por el deterioro insoportable de las libertades públicas y privadas, como sucede en amplias zonas de África y Asia. Otra cuestión es si estas crisis humanitarias o migratorias son inducidas como instrumento geopolítico auspiciado por intereses expansionistas o por reivindicaciones territoriales, como las pretendidas por Marruecos sobre las plazas soberanas españolas de Ceuta y Melilla, incluso de las Islas Canarias. Los países tienen la obligación de garantizar la calidad de vida y bienestar de sus ciudadanos para evitar en lo posible éxodos masivos hacia otros lugares o territorios para solventar sus carencias o necesidades básicas, salvando el derecho de toda persona a la libre circulación o de movimiento.
Cabe preguntarse si no estamos asistiendo a un episodio de ingeniería social de hondo calado con fines políticos. El tiempo tiene la última palabra.
*Periodista en la reserva y escritor
