Los temores que se plantean en la realidad han sido expresados previamente en la ficción. Por ejemplo, la amenaza de que la inteligencia artificial acabe con todos nosotros no es algo nuevo. Hace 66 años que Arthur C. Clarke lo escribió en su novela: “2001, una odisea del espacio”, llevada al cine por Stanley Kubrik al año siguiente de ser publicada. Una poderosa computadora. HALL 9000, decide prescindir de los humanos que tripulan la nave donde viajan hacia Saturno. El motivo aparente es que la máquina se da cuenta de su superioridad comparada con la tontería de los astronautas. Bowman se percata de las intenciones del ordenador y decide desconectarlo. Esta misma advertencia, pero mezclada con intereses empresariales, es la que ocupa hoy las páginas de los diarios, como un grito de SOS ante un desastre irrecuperable para la humanidad. La odisea por el espacio es como el viaje de Ulises por el mundo conocido de su tiempo, y en él se la juega con las amenazas de los dioses residentes en las islas que visita. Lo de Clarke es una expedición por el sistema solar, una mínima parte del universo desconocido, que hoy es dominado por las sondas y los poderosos telescopios. Es un reto de la inteligencia humana, auxiliada por una inteligencia artificial que es capaz de traicionarla. Homero crea un héroe para vencer todas las dificultades, mientras los hombres continúan entregados a su destino en manos de los dioses. A Sócrates le cuesta la vida dudar de estas cosas. Otra premonición es la que hace Orwell en su “1984”, donde una sociedad es idiotizada para ser sometida a la voluntad de los dictadores ideológicos. Es la demostración de la vulnerabilidad de la tontería de los seres humanos, cuestión que se demuestra inmediatamente que se enfrentan a algo que no entienden. En el mundo de la mitología moderna siempre hay un Superman para salvarnos, pero este personaje ficticio también está controlado por los poderes fácticos, pasando a ser la esperanza endeble de que estará dispuesto a protegernos de aquello que nos ataca y no comprendemos. Alguien dice que lo de “2001” era solo la fantasía de un escritor, igual que el “1984”, de Orwell, pero se equivoca, porque estos casos se han hecho realidad de manera local, y cuando lo han alcanzado ha sido muy difícil salir de ellos. Orwell tenía razón, porque la uniformidad ideológica es una realidad que se presenta incluso en los sistemas democráticos que garantizan la diversidad. El enemigo de la democracia es la ambición excesiva por el poder y la persecución del pensamiento único. Cuando esto sucede el sistema se defiende como puede y tiene que enfrentarse a las reacciones de los que se revuelven para no perder sus privilegios. Estas se manifiestan de formas diferentes, pero casi siempre recurren a los mismos métodos de la máquina de Clarke, que se victimiza y canta las primeras canciones que le enseñaron sus programadores para tratar de persuadirnos con el engaño sentimentalista. Lo que ahora ocurre es que los programadores advierten de que los automatismos tienden a perfeccionarse a medida que se reproducen a sí mismos, creando un estado de evolución rápido que los supera hasta ser incapaces de pararlo. Todas las amenazas avisan. La cuestión está en que les hagamos caso o no. Cuando llega, ya es demasiado tarde y el retorno se hace prácticamente imposible. Hay sistemas desbordados por las técnicas que emplean para conseguir sus objetivos, y los humanos, de manera pacífica admiten ser desplazados por ellas. Esto se puede trasladar a cualquier experiencia para dominar a los grupos, ya sea por medio de máquinas, de ideologías o de transformaciones culturales. No está de más advertirlo. Ejemplos hay de sobra para quien los quiera ver.
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