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Papeles

A punto de alcanzar la provecta edad de los 80, estos son los días en que he podido terminar de desembarazarme de toneladas de papeles acumulados en mi casa, de tanta sociedad que he tenido que crear en mi vida -cinco-, de tanto archivo y de tanto papeleo guardado que exige la puta Hacienda. Por fin he podido mandarlo todo a tomar por saco y las máquinas destructoras están haciendo un trabajo primoroso, convirtiendo en tiras de papel tanta factura y tanto papelucho. El asesor fiscal me ha dado vía libre para tirarlo todo a la basura, pero no es cuestión de que mi nombre vaya dando lustre a las papeleras de los contornos, así que he optado por las maquinitas destructoras, que se compran el Alcampo -yo tengo dos-. Siempre he sido un hombre ordenado, eso sí estafado por la vieja Agencia Tributaria de Montoro, que te hace pagar lo que él no pagó nunca, y para defenderte recurres ante ella misma. Lo cual no deja de ser una indefensión flagrante, porque cuando llegas al Tribunal de los Contencioso han pasado al menos cuatro años y ya no te dan ganas de litigar sino de cagarte en la madre que parió a quienes te han hecho pagar lo que no se paga en ningún país del mundo. En fin, que el papel está donde tiene que estar, en la basura, y me quedan ya pocos que destruir, lo que significaba para mí un esfuerzo añadido a los que hago ya cada día, sobre todo con Mini, que me quita muchas horas, aunque menos que las que me ha hecho compañía a lo largo de su centenaria (para una perrita) vida. Los vecinos, sin duda, celebrarán que ya no oirán en las noches de luna y clavel el ruido de las sierras destructoras de papel. Ay.

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