Los 100.000 hijos de San Luis acabaron con el trienio liberal, allá por 1823, invadieron España y propiciaron el poder absolutista del imbécil de Fernando VII. Pasa lo mismo ahora, se ha filtrado una lista de 40.000 agentes marroquíes repartidos no sé si por el mundo o por España y pronto se sabrá el contenido de los secretos hispano/marroquíes. Bueno, cuando toque, hablaremos. Lo que sí es verdad es que yo tengo sequía intelectual y empacho de moros y ya no sé qué hacer, porque se me están acabando las anécdotas. Una vez, estando en Marraquech, nos montamos en un carruaje de mulas el Pichote y yo y el moro que llevaba el coche de punto era fañoso el jodido y, si fuera verdad todo lo que nos contó, tendría alrededor de 200 años, más viejo que su profeta. Cuando fuimos a almorzar, creo que al Hotel Mamounia, el Pichote lanzó tan fuerte eructo que el resto de los presentes se lanzó cuerpo a tierra. Le habían dicho que eructar era de buena educación y él cumplió con el protocolo. Pero a lo bestia. Llegamos a Los Rodeos vestidos de moros, cargados como chuchos y llenos de platería del Rif, llamamos la atención de la Benemérita y a nosotros sí que nos pararon en la frontera. Tuvimos que dar miles de explicaciones a los agentes del valor de aquello. Al final nos dejaron en paz con las teteras, debía ser que no andaba por allí el bueno de Manolo R. Oria, que era el jefe de Aduanas y gran amigo mío, paz descanse. Porque de lo contrario ni siquiera nos habrían parado. Eso fue en los setenta, imaginen ustedes la imagen del fallecido Pichote y yo, de moros por el mundo. Otra vez traje de Venezuela una caja de Buchanan de 18 años y me la dejé olvidada en la cinta de equipajes. Fue la Guardia Civil la que me llamó a casa para que la recogiera. Ay, mi cabeza.
