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Todo me molesta

Todo me molesta. Pero quienes más turban mi tranquilidad de jubileta son los niños chillones y las motos. Cuando más interesante está la trama de la serie que veo en la tele, pasa una moto con el escape libre y un mago peludo encima, o un elemento barriada, que viene a ser el hijo o el nieto del mago. El elemento barriada es peor que el mago, porque el mago tiene un palo en la mano, para pegarle al perro o al cuñado en los lomos, pero el elemento barriada es dueño de su caballo de hierro, caballo de relinchar ruidoso. Y el niño posee unos pulmones de soprano, cuyo sonido chirría en tus oídos sin solución de continuidad. Al niño chillón y correlón por entre las mesas del restaurante, a mí lo que me provoca es meterle un cango, y alguna vez he estado tentado, aunque se haya impuesto la cordura. Y entonces lo mejor es hacer un simpa y mandarte a mudar. La sociedad actual vive entre ruidos. Ya dijo Borges que el español habla alto, como quien nuca ha albergado la duda. Yo prefiero, un suponer, un bar sueco, donde se escucha el sonido de una mosca y eso que ni siquiera hay moscas de Alemania para arriba, por la cosa del frío. Los fines de semana son terribles, porque el elemento barriada saca su Ducati y la familia a pasear al niño, con el único afán de que moleste con sus gritos al comensal de al lado, que es un santo. El chillido sostenido de un niño es la peor tortura a la que se puede someter a un ser humano. Y, ya por la noche, el rugido de la moto o del coche tuneado, igual de molestos y desagradables. En fin, que esta sociedad vive entre ruidos innecesarios, provocados por agentes diversos a los cuales se combate con tapones de la farmacia. Es que ya todo me molesta.

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