opinión

Todos los azules

Hace un tiempo una amiga me preguntó cuál era mi color favorito. No le di muchas vueltas y contesté que mi color preferido era el azul, porque, por alguna razón indefinible, desde la niñez mi respuesta siempre había sido esa, así que eso fue lo que dije, sin pararme mucho a pensar en ello. Tal vez, si lo hubiera hecho, seguramente habría dudado, porque la realidad es que, aunque el azul me gusta muchísimo, también me entusiasma el verde y el violeta, el rojo, el blanco, o incluso, el negro, según se dé la circunstancia y el contexto. Tener que tomar esa decisión, a la vista intrascendente, me llevó a la infancia, a entender el motivo por el cual, en algún momento de la niñez, había decidido que el color azul sería, sin atisbo alguno de duda, mi favorito. Tras darle muchas vueltas, concluí que, tal vez, la culpa de esa elección no había sido mía, sino de la persona que hizo la pregunta y de su necesidad de obtener una única respuesta. Porque, muchas veces, y esto es lo interesante, quien plantea la cuestión espera una contestación exacta, una respuesta cerrada dicotómica, a modo de cuestionario de oposición, en la que solo sean posibles dos opciones: sí o no, falso o verdadero; respuestas antagónicas y absolutas sin posibilidad de algún “pero” malicioso. En estos casos, obviamos el término medio de las cosas para agarrarnos únicamente a los adverbios que solo niegan y afirman y no dejan espacio a conjeturas.

Mi amiga insistió en su pregunta porque es que ella no es de las que apuntan al yin o al yang. No, señora. Nada está más lejos de su pensamiento que el binarismo que impera en nuestros días y que nos obliga a decidir entre: esto y lo otro, la izquierda o la derecha, la Barbie o la Nancy, con o sin cebolla, la vida o la muerte, los Rollings o los Beatles, los buenos y los malos y un largo etcétera, como si la realidad pudiera medirse en preguntas cerradas en las que solo cabe lo verdadero o lo falso.

Al contrario. A mi amiga no le convenció mi respuesta, por lo que se mantuvo firme y repitió la cuestión, añadiendo si podía precisar a qué tipo de azul me refería. Deseaba saber si prefería alguna tonalidad concreta, más cercana al azul celeste que al azul marino, o si, tal vez, me inclinaba más por el turquesa, o por el índigo, el eléctrico, el cian, el cobalto, el azul acero o el azul aguamarina. Así de obstinada es esta amiga mía. Ante tal abanico de posibilidades, mi sorpresa fue mayúscula porque, a pesar de conocer la paleta del pintor y de estar habituada al cromatismo de los días, se abrieron en mi mente todos los azules, que eran muchos y diversos, y todos posibles, ideales, atractivos. Todos los azules eran todas las hipótesis, como si pudieran conjugarse en condicional y existir según las circunstancias, según el tiempo y el momento, según las ganas y las alternativas que ofrece esta vida entre pasillos. Entonces pensé en la belleza que sugieren los matices, en lo hermoso que son los intermedios, en todo aquello que no es siempre ni nunca porque ocurre en el “mientras” que se siente interminable. Y es que, tal vez, la certeza no está en la exactitud, sino en la imprecisión en la que, a veces, la vida nos sumerge. Es más, como un arcoíris amplio y hermoso, los colores pueden diluirse y confundirse, provocando resultados insospechados, nuevas tonalidades y efectos aún desconocidos.

Será que este año apenas ha llovido, este año el calor no quiere irse y agota y nubla la vista y los sentidos. Este año el cielo está seco y casi no distinguimos ni el azul, porque no ha habido lluvia que moje la atmósfera, ni colores que atraviesen el aire hasta formar un arco capaz de unir el cielo con la tierra. Este año el arcoíris habrá que construirlo, poco a poco, con la prudencia que aporta el equilibrio, con una gama cromática armónica que tenga en cuenta, incluso, la belleza que sugieren los contrarios. Será que este año el azul es flojoclaropálidocasitransparente.

TE PUEDE INTERESAR