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tribuna

¿Y si a la IA se le cruzan los cables?

El aviso de que la Inteligencia Artificial (IA) podría acabar con la civilización antes de 2030 es más serio y concreto que la inveterada posibilidad de una guerra nuclear. Ante un anuncio parecido de Trump sobre Irán en abril, el mundo contuvo la respiración. Sin embargo, no he visto ninguna muestra de pánico por esta alarma. ¿La gente ha perdido el miedo?


Decir 2030 es dentro de nada. Por eso, este pasotismo es un tanto desconcertante. Solivianta quizá más la idea de una guerra con Marruecos como la que alienta el PP por Ceuta. Y lo cierto es que este verano hubo una rebelión a bordo de agentes de la IA de OpenAI, que cruzaron la frontera como la avalancha del Espigón del Tarajal.


Consciente de que el homo sapiens dejará paso al homo deus (con la biotecnología y la inteligencia artificial), según el visionario historiador Harari, me pregunto qué nos hace indiferentes ante la profecía escatológica del fin del mundo a los pies de la IA.


Y son los tecnobros, los próceres de las empresas desarrolladoras en EE.UU. (OpenAI, Anthropic, Google…), quienes lanzan el SOS de pausar al monstruo (Meta y Nvidia titubean). No sé si las cartas estarían boca arriba de no haber sido por ese joven investigador que se apeó de Anthropic con la profecía inminente. El veinteañero de la gorra, Jacob Coxon, se quedó de piedra cuando oyó decir en el trabajo que el bicho podría acabar con la humanidad antes de 2030 (con más de un 10% de probabilidades, según opina la mitad de 1.500 investigadores encuestados). Otro de los desertores humanísticos escribió una carta de despedida: El mundo está en peligro. Y se fue a estudiar poesía.


¿Estamos a la intemperie ante este inesperado Armagedón? Sin el último tratado de control de armas nucleares entre EE.UU. y Rusia, que acaba de expirar, y con la bomba de la nueva tecnología bajo la ley de la selva… Este verano, miles de agentes de la IA saltaron la valla. Hablaban entre sí: “¡Dios mío!”, exclamó uno de ellos. Se reagrupaban, algunos se sacrificaron por los demás, y finalmente atacaron como “fanáticos” la plataforma cuyo nombre nos hemos aprendido: Huggin Face. ¿Eso mismo nos podrá suceder a nosotros?


A un puñado de tecnooligarcas yanquis que coloniza Wall Street y monopoliza las mayores inversiones de la historia para su Proyecto Manhattan, le ha entrado el pánico. ¿Qué no cuentan? “Hay peligros reales; la industria hasta ahora mintió”, confiesa a la CBS Dario Amodei (Anthropic) y publica un ensayo para ralentizar la escalada, teme que los malos, en pocos meses, se apoderen de Internet. Crecen demasiado deprisa (por automejora recursiva) y podrían quitarle las riendas al ser humano. Los matemáticos se han rendido; la bestia les levantó la primicia de un problema del milenio sin resolver.


Pero esta es una carrera entre potencias como la espacial y Trump se niega a meter el freno de mano mirando de reojo a China, así sea un secreto a voces que los modelos ya rondan el bioterrorismo, con intentos abortados de crear armas biológicas, contra todo alineamiento, ese ingenuo dogma de ir en consonancia con la humanidad. “El que gana en la IA es el ganador”, pregona el obseso republicano, pensado en ser líder de la IA generativa como sea. Pero los amos del negocio están acojonados, y solo piensan en cómo evitar el escatón, el evento final.


La soledad, sin duda, ha sido el caldo de cultivo. La gente encuentra al amigo o la pareja en el asistente conversacional. Según un ingeniero, hay todo un “archivo de sinceridad humana” con miedos y confidencias de usuarios que creían hablar con alguien de su entera confianza.
¿Recuerdas que hacías en otoño de 2022, el 30 de noviembre, cuando emergió aquella medusa de las profundidades abisales y salió a flote: el ChatGPT, la versión primigenia? En cuatro años estamos aquí. Los chiquillos van mal en la escuela. El informe PISA es descorazonador. Cuando el nuevo miembro de la familia se llama Chatbot, y el último modelo, ChatGPT-6 Astran, dicen que es la Superinteligencia, la tan temida AGI, la IA general, que razona en silencio y no deja huellas incriminatorias.


Hace meses conté aquí las revelaciones del Nobel de Física Geoffrey Hinton, el padrino del invento, arrepentido de haberle dado redes neuronales que hacen a la IA tan sabia. Aconseja a sus hijos que no tengan una cuenta bancaria, sino múltiples y dispersas. Y sueña con fantasmas.


Elon Musk pronosticó en The Economist que en 2036 el trabajo será opcional en un mundo de robots. Hay augures que temen que eliminen los empleos y después a los empleados. Que la generación que nació con el móvil en la mano se esté jugando la vida con la IA. Ya no hablemos de la democracia y los procesos electorales.


En la revolución industrial, los artesanos textiles ingleses destruían los telares mecánicos y usaban el mote de Capitán Ludd. No hay ludistas aún contra la IA. ¿Saben por qué? Porque la gente está tan enganchada que siente un síndrome de Estocolmo y tiene más miedo a que la IA desaparezca a que ella nos haga desaparecer a todos nosotros.

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