Esta mañana me ha llegado Pajaritos preñados, la novela de Andrea Abreu. He leído las primeras 30 páginas. Me han dejado muy buena impresión. Hay una narrativa audaz debajo de ese lenguaje local, que a fuerza de usarlo adecuadamente consigue sonar a música. Hace unos días en la entrevista de El País hablaba de lo arriesgado que es dejar pasar el tiempo y no publicar después del plazo prudente de dos años. Sin embargo, aseguró que era preferible el silencio cuando no se tiene nada que decir. Luego hablé con mi hijo, que es editor en Random Hause, y me repitió es de que en las editoriales no suelen esperar tanto tiempo. El negocio va por otro lado y se apuesta por los que aportan un currículo fabricado en el famoseo y en la televisión. En realidad comen de eso y no cabe reproche. La escritura consiste en hacerlo todos los días, pero ese oficio no es tan constante como el de los lectores de las editoriales, que lo tienen como obligación y se la juegan en sus trabajos si no hay rendimientos económicos en las selecciones que hacen de los libros que acaban publicándose. El mundo está hecho así. Los editores pulen los libros de los autores para que puedan conectar con el gran publico, que es de lo que se trata. La obra de Andrea es difícil de colocar, sobre todo al tratar de hacer comprender un idioma enmarañado y oculto entre el enredo de un exagerado localismo, que consigue imponerse debido al ritmo con que se incrusta en la narración y a la estética sonora que le aporta. A poco que te introduces en la lectura esa musicalidad te atrapa y ya no puedes dejar de necesitarla para seguir con la historia. Entiendes que el libro no habría podido ser escrito de otra manera. Se corre el riesgo de que alguien lo emparente con lo nuestro sin destacar la riqueza descriptiva de lo que se escribe. En realidad se trata de una técnica literaria atrevida y arriesgada que logra superar todas las dificultades para expresarse con rotundidad, por encima de los inevitables intentos de nacionalizarla, que sería algo parecido a cortarle las alas reduciéndola a un localismo sin mayor interés que un ensayo lexicográfico. He hecho un descanso en la lectura para dar noticia de mi sorpresa. No conozco a Andrea Abreu. Leí con agrado su Panza de burro. Me gustaría hablar un rato con ella, salvando las distancias generacionales. Es una autora que consigue romper esas fronteras insalvables que tejen los años y las modas. En las primeras páginas que llevo leídas noto que ha enriquecido el inventario de términos, demostrando ese principio narrativo donde se establece que cada palabra es un sol que brilla en una constelación que le da sentido. No veríamos a la luna brillar si él no existiera. Las palabras aisladas y frías de los diccionarios se convierten en seres animados cuando reflejan la luz que le aportan las demás que tienen alrededor. Esa es la maestría de Andrea. Si no fuera así estaríamos ante la exégesis aburrida que plantearían los lingüistas académicos. Lo bueno es que no escribe para ellos, sino para nosotros, lectores de carne y hueso.
