La maga anda por los caminos anchos con el culo apretado y como guardando el equilibrio. Camina así, o sea con andares de vereda, porque está acostumbrada a circular por senderos estrechos y con algo pesado en la cabeza, sobre ese turbante que solo la maga sabe enrollar. La tela de esa cosa ha de ser especial, porosa, para que lo que transporta no se le escurra, ni ella pierda el equilibrio en las sinuosas rutas por las que transita. Paco Padrón sostiene que Melki Makhandar, que en su primera vida se llamó Michel Conte, autor de más de 70 canciones y que ganó un Premio Ondas de aquellos que valían su peso en oro gracias a Eugenio Galdón, era un genio de la música. Melki se me apareció el otro día, sentado en una arepera portuense, que está al lado de mi casa. Les juro que era él. Hablaba solo, vestido de blanco -camisa y pantalón-, rostro afilado y gesticulando con las manos. Yo lo conocí poco, pero sí sé que compuso el tema de Yaiza, si no recuerdo mal, y el himno de los Juegos Olímpicos de Montreal. Melki mató a su personaje de nacimiento, Michel Conte, con una esquela en un periódico canadiense y resucitó hace dos días, ya como Melki Makhandar, viejo carrucho, en el Puerto de la Cruz. Joder, si no era Melki el tipo era clavadito a él, con la misma sonrisa aquella con la que obsequiaba a sus tertulianos de la Radio Club. Si yo hubiera hecho la película del mago que pretendía Raúl Jiménez le habría encargado la música al viejo Melki, versátil en su producción y capaz de acertar con su música en cualquier ámbito social. Pero quién iba a imaginar que se me iba a aparecer en una arepera, un día de finales de septiembre, en medio de la calufa húmeda portuense. Ni García Márquez, con su prodigiosa imaginación. Y eso.
