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tribuna

Arde París

París siempre ha sido la ciudad más codiciada del mundo, antes de que lo fuera Nueva York y después de serlo Roma. Es el París de los pintores como Picasso o de los escritores como Henry Miller, que saltó por la ventana de su casa de Manhattan, con el consentimiento de su mujer, June Mansfield, para ir a conquistar la gloria a París. Unos en Montmartre y otros en Montparnasse, pretendían cumplir sus deseos donde la mayoría se quedaba en el anonimato. Sin embargo la ciudad luz, la antigua Lutecia, desde el esplendor de las reformas napoleónicas se convirtió en el símbolo de todas las conquistas. Lo mismo vale para una misa que para una bacanal pintada por Poussin. Igual en Notre Dame que en el Moulin Rouge, convoca al pecado y a la devoción, en la tierra de María que pasó por ser una de las mayores reservas del catolicismo. Cuando los aliados llegaron a la ciudad, en 1944, Hitler le dio instrucciones a su gobernador, el general Dietrich von Choltiltz, para que destruyera los monumentos más importantes. Dicen que preguntó ¿arde París? y este es el título de una película de René Clement, de 1964. París ardió en 1968 mientras en el Boulevard Saint Michel se lanzaban consignas como Haz el amor y no la guerra. Hay una mezcla de modernidad y avances sociales con la reacción más rancia. Lo de Dany cohn-Bendit se quedó en nada, pues al mes siguiente el general De Gaulle, sacado de su refugio de Colombey des deux eglises, arrasó en las elecciones. Por lo visto hay dos francias: una que arde y otra que apaga fuegos. Siempre ha sido así y las revoluciones duran lo que duran. Si es cierto que están comprometidas con el progreso lo único que consiguen es adelantarse a los acontecimientos, acelerar el proceso de la evolución, que maneja los tiempos desde el principio sin que nadie sea capaz de alterarlos. Por eso Proust escribe en su Recherche de le temp perdu sobre duquesas y princesas y tertulias exquisitas en los palacios. El movimiento de revolución de los sólidos es cíclico y repetitivo. Todo gira en torno a un eje y vuelve a pasar por el punto en el que estaba en el origen. Esto lo decía Chesterton y no se equivocaba. Arde París, pero siempre ha ardido, desde que quemó al cuerpo de la doncella de Orleans en la hoguera de la intransigencia. Ahora tenemos un incendio con nuevos componentes. Dicen que está provocado por la extrema izquierda de Mélenchon y por los grupos de musulmanes que han venido a islamizar Europa. Viene ocurriendo desde hace tiempo mezclado con el movimiento de los chalecos amarillos y lo único que conseguirá es que el Frente Nacional, de Marine Le Pen gane las elecciones. Así tendrán una justificación para convertir a París en un infierno. Es el enfrentamiento clásico entre el fascismo y el socialismo, dos fuerzas que no pueden vivir una sin la otra, como narra Antonio Scurati en su libro M, el hombre del siglo, ambientado en la Italia de Mussolini. Algunos agoreros dicen que esto se puede producir en España, pero aquí no se va más allá de rodear el Congreso y de algunas actuaciones aisladas en Burgos. Ni siquiera en Barcelona, tan acostumbrada a quemar los contenedores de la vía Layetana, pasan de ahí. No veo yo un arde Madrid ni un arde Barcelona. Sobre todo después de ver la fiesta consagrada al amor de Fuenlabrada. Hoy Rebeca Carranco le dedica en El País un artículo muy ocurrente, donde relaciona el acto con los refranes de las viejas. “Dime de lo que alardeas y te diré de lo que careces”. He visto algunas encuestas y la posibilidad es del 0,1% para que Sánchez evite la formación de un Gobierno de derechas. Los organizadores y los asistentes al mitin debían saberlo, por lo que el refrán a aplicar sería: “La procesión va por dentro”. En el artículo se refiere al ridículo contoneo de los que se mueven solos y recomienda seguir el consejo de Sergio Dalma: Bailar pegados es bailar. La gran esperanza está en la ley de nietos; en el recurso de Gabilondo y en el de un argentino aislado representado por Baltasar Garzón, con lo que se demuestra el interés electoral de la chapuza llevada a cabo por la hermana de Óscar Puente, que también bailaba al ritmo de Malibú. Alguien dijo que arderían las calles de Madrid, pero aquí no han dejado de hacerlo en los últimos años, por un motivo o por otro.

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