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tribuna

Brasil, más soberanía o patio trasero de EE.UU.

El próximo domingo Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, primogénito del expresidente Jair Bolsonaro, se disputan la presidencia de Brasil para los siguientes cuatro años. Sobre el papel es un proceso electoral al uso de un país soberano, pero es mucho más que eso porque Brasil es una pieza codiciada por EE.UU., que también China, la Unión Europea y Rusia se pirrian por tener de su lado. Un país con una sociedad muy desigual y grandes bolsas de pobreza, pero con recursos económicos, energía, industria alimentaria, minerales, 7500 kilómetros de costa en el océano Atlántico, un mercado de 213 millones de personas, liderazgo regional y autonomía diplomática.
Brasil está entre las diez primeras economías del mundo, la segunda de América en PIB nominal, detrás de EE.UU. Ocupa la quinta parte del territorio del continente y es brasileño uno de cada cinco americanos. Es, detrás de India, China e Indonesia el cuarto país por población de la asociación política y económica de naciones emergentes conocida como BRICS, con 70 millones de habitantes más que Rusia, y también la cuarta economía del grupo, detrás de China, India, y prácticamente igualada con Rusia (6,63 billones de dólares) y muy por delante de la quinta, Indonesia.
Previsiblemente habrá segunda vuelta el 25 de octubre porque no parece probable que ningún candidato obtenga dentro de tres días la mayoría de los votos válidos. Los sondeos sitúan a Lula (Partido de los Trabajadores, PT, izquierda) y Bolsonaro, (Partido Liberal, PL, derecha) entorno al 40% de los votos. En el tercero y cuarto puestos, las encuestas sitúan a Augusto Cury (Adelante) y Ronaldo Caiado (Partido Social Democrático), entre el 5 y el 6% cada uno. La segunda vuelta tiene un pronóstico muy incierto porque hoy es imposible saber a quién votarán los partidarios de Cury y Caiado que acuden a las elecciones con propuestas que, sobre el papel, tienen contenidos tangentes con los programas de PT y PL. En las filas del Gobierno se espera, o se sueña, con una reacción pro Lula del voto femenino, que podría, según sus cálculos, inclinar la balanza a su favor.
Una eventual victoria de Bolsonaro, la “liberación del demonio Lula” que parece desea medio país, daría alas al expansionismo de Trump para apoderarse del continente y ensanchar su patio trasero, el “U.S. backyard” que él llama eufemísticamente “Escudo de las Américas”. Lo intentó cuando pretendió evitar que juzgaran a Bolsonaro por tentativa de golpe de Estado y, al fracasar en su propósito, atacó a Brasil con su arma favorita, la arbitraria imposición de desproporcionados aranceles.
Dios los cría y ellos se juntan. En EE.UU. se produjo un asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 para impedir la certificación del resultado de las elecciones presidenciales de 2020 que perdió Trump y éste, cuando menos inspirador de los hechos, ha sorteado hasta ahora la acción de la Justicia por los dudosos movimientos realizados cuando recuperó el poder tras las elecciones de 2024. Por si quedaba alguna duda sobre su conexión con el asalto, amnistió a los asaltantes condenados en los tribunales y hasta intentó que los indemnizasen. Peor suerte ha tenido su amigo Jair Bolsonaro, que está condenado a 27 años y 3 meses de prisión por tentativa de golpe de estado y otros delitos, incluidos los hechos ocurridos el 8 de enero de 2023 cuando masas de bolsonaristas asaltaron el Palacio Presidencial, el Congreso Nacional y el Tribunal Superior Federal, con intención de derribar al gobierno elegido en 2022.
A Trump, obviamente, le gustaría que ganase la desvaída copia de su amigo Bolsonaro, pero, si no fuese así, no tendría más remedio que acomodarse a seguir con las relaciones que ya tiene con Lula, a pesar de mantener visiones del mundo muy diferentes. El presidente brasileño, que pone el mayor énfasis en proclamar que Brasil no será el patio trasero de nadie, como hizo la semana pasada en la Asamblea de la ONU, obligaría a Trump a contenerse (algo casi imposible) o simular que se contiene, para evitar que un exceso de presión sobre Lula pudiese provocar el corrimiento de la balanza hacía China, Rusia y la Unión Europea.
En las elecciones está en juego el refuerzo de la soberanía nacional de un Brasil que reivindica con Lula su papel de gran potencia, o, si gana Bolsonaro, el dudoso honor de ser el país más grande del patio trasero de Trump.

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