despuÉs del parÉntesis

Cárcel de amor

Joseph Breckon era un luchador. Su bravura se expandía por todos los confines del imperio. No cabía en él atisbo alguno de debilidad, más bien lo contrario: la contundencia. Y por ello la reina lo reclamó y lo convirtió en su servidor, en la corte y en la contienda. Por semejante designio de lo privado, la conoció. El sultán de la dicha en ese reino se lo desveló: “Es mujer y lo que registra tu ánimo se llama amor”. Ese día el divino dibujó en su mente al ser que lo perseguía. La hermosura no lo confundió sino que lo convenció. Y desde esa fecha su cuerpo, su espíritu, su ánimo y su vigor se movieron solo a expensas de un factor, el único factor: la amada. El padecer se confundía con un designio: acudir a su princesa para que supiera no lo que sufría sino por qué lo sufría. El destino le propuso remedio: Ralph Millington, que habría de vérselas con la corte amiga de los Villamisis, a quien su aurora pertenecía. Millington fue preso en los dominios del amador y llevado a su presencia. Oyó. Visto el estado del digno, decidió ayudar.

El primer mensaje apenas llegó al oído de la favorecida; el segundo apenas lo oyó; el tercero lo excusó. El enamorado escuchó las respuestas y no se condolió. Entonces decidió escribir una rauda carta con su clara letra. La firmó con su propia sangre. A esta la amada sí respondió y en favor. Quedaba acercarse a ella, contemplar su rostro y besar su cándida mano. Como príncipe visitó la corte en solemnidad. Y allí la halló, en el asiento al que se acercó. Los ojos se clavaron en los ojos. Ante la evidencia, el perverso Rudolph Lambert, que la pretendía, actuó. No cabe amor entre Louise Fiennes y Joseph Breckon. El guerrero a su guerra y la bella a su redil. Con testigos falsos extendió embustes de la una y del otro. Y el monarca, por ley, hubo de actuar: condenó a muerte a su hija. Joseph Breckon actuó. Salvó a su amada de la cárcel, buscó y mató a Rudolph Lambert e hizo delirar ante su espada a los falsarios. La princesa quedó libre. Con una condición: no volver a ver jamás a aquel que pudo ser su amado. El divino Breckon volvió al refugio oscuro de la penalidad. Y en ese estado lo confirmó: lo que le ocurría era propio y singular, suyo y solo suyo; ni lo compartiría ni lo podía compartir. Y por más que el grande amigo lo animó con que había muchas princesas en el mundo, incluso más hermosas que su elegida, no claudicó. En pocos meses murió. Louise Fiennes no se conmovió, no se movió al entierro, no mostró un triste pésame a la madre del dolorido. Encontró a príncipe bello y se casó. ¿Es posible que el mundo sufra una calamidad tal? Sí; esa es una de las prendas de eso que se llama amor.

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