Así de entrada, debo escribirles, aunque tal vez no sea necesario, que la vida del cochino es muy empasada. Incluso Wikipedia, enciclopedia libre y editada de manera colaborativa, establece textualmente que este mamífero -artiodáctilo, al parecer- “es un animal doméstico usado para la alimentación humana”. Puesto que vivimos en una sociedad multicultural y tengo lectores de otras latitudes, aclaro que cochino es la denominación que los canarios adjudicamos a lo que ustedes pueden nominar, sin ánimo de ofender en líneas generales, chancho, cuche, gocho, marrano, porcino, puerco, sancho, tunco, currucho o cuino.
Una vez debidamente ilustrados mis internacionales lectores, porque los columnistas canarios somos muy dados y hospitalarios, insisto: la vida del cochino es muy jodida. Sólo hay un momento existencial en el que envidio al mamífero, pero lo reservo para el remate, de tal forma que ustedes -gusten o disgusten- tendrán que mamarse la columna entera. Con perdón.
No hace falta que les diga, porque algunos son tan viciosos como era yo -hasta que me atacó el jodido colesterol-, que el cochino, una vez asesinado, proporciona grandes placeres culinarios: carne fiesta, costillas con papas, asadura arreglada, bichillo y chicharrones, entre otras delicatessen. Y no sólo eso: de su piel se hacen maletas, zapatos y guantes. Conozco a un gran empresario, Rosendo, que vende comas y paréntesis en las redes sociales, que va a misa con zapatos de piel de cochino y que despierta las más insolentes envidias. A mí también me echaron por Reyes unos guantes de cochino que uso exclusivamente cuando conduzco desde San Miguel de Abona a la Muy Leal, Muy Noble, Invicta y Muy Benéfica Ciudad, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago de Tenerife, ciudad que -tan pomposamente proclamada- sólo puedo visitar bien bañado, aseado y perfumado.
El cochino, no caigamos en distracciones, carga con una injusticia histórica que nadie ha llevado todavía al Tribunal de Estrasburgo. Pocas criaturas han prestado tantos servicios a la humanidad para recibir semejante repertorio de insultos. Si uno come con las manos, es un cochino; si deja los calzoncillos en el suelo, cochino; si no se ducha, cochino; si hace el amor oral a una bienaventurada, cochino; si se tira un gufo en un ascensor y mira para otro lado, cochino y cobarde.
Al pobre animal le hemos endosado todos nuestros defectos sin derecho a réplica. Hasta la hucha donde guardábamos las perras tenía forma de cochino, seguramente para enseñarnos desde niños que el dinero y la marranería mantienen una relación sentimental. Y luego está lo de “sudar como un cochino”, otra calumnia, porque resulta que el cochino casi no suda. Llevamos siglos difamando a un inocente mientras él permanece en su goro, revolcándose en el barro, chascando cáscaras y sin contratar abogado. Yo, si fuera cochino, fundaría una asociación de damnificados, exigiría derecho al honor y reclamaría que, cuando alguien sea un guarro, lo llamemos sencillamente por su nombre: ser humano.
Esa mala baba contra el pobre chancho obedece a una razón paleolítica: la envidia. Y es que, según investigadores en fisiología reproductiva porcina, el orgasmo del cochino macho dura 6,3 minutos de media, con registros que pueden alcanzar, cual atleta de élite, los… ¡¡¡31 minutos!!! También varía enormemente el volumen de semen, desde 40 hasta 500 mililitros, por lo que la pobre cochina -para hipótesis de arisquera del marranito- siempre debe tener un balde cerca.
Honradamente, y con estos últimos datos en la mano, afirmo sin ambages que habría dado mi vida por ser cochino. Aunque fuera una tarde. Aunque después viniera San Martín. Uno puede aceptar que la vida sea corta, que el colesterol sea largo y que al final acabemos criando malvas. Pero enterarme a los 67 años de que he pertenecido a la especie equivocada me parece una putada difícil de digerir.
Y yo, tan tunante y simplón, presumiendo de ser humano. No me jodas.
