Hace tiempo que me he alejado de la política, más que nada por salud mental, pero una abre el periódico, escucha la radio o enciende la televisión y acaba preguntándose qué demonios está pasando. Estoy enfadada, muy enfadada, no con unas siglas concretas, sino con una clase política que parece haber olvidado un pequeño detalle: trabaja por y para los ciudadanos. Gobernar se ha convertido en resistir y hacer oposición, en conseguir que el otro caiga. Basta escuchar algunas intervenciones de sus señorías en el Congreso, donde por momentos parecen niños quedando a la salida de clase para pegarse. Solo que no están en el patio de un colegio, sino sentados en las instituciones de un país y cobrando de nuestros impuestos. El espectáculo sería cómico si no fuera porque las consecuencias de sus peleas las pagamos nosotros. El Gobierno parece demasiado ocupado en sobrevivir, negociando un apoyo, contentando a un socio, apagando el incendio del día y procurando llegar vivo al viernes. Gobernar empieza a parecer casi una actividad secundaria. Los socios, mientras tanto, contemplan el panorama con esa tranquilidad que da saber que, cuando cada voto cuenta, hasta el cariño se cotiza. La oposición tampoco se libra. A veces da la impresión de que su principal estrategia consiste en esperar a que el Gobierno se equivoque y estar allí para señalarlo. Pero para decir que todo está mal ya estamos los ciudadanos; de quien pretende gobernar cabe esperar bastante más que un recuento diario de los errores ajenos. Esperar a que el adversario se desgaste puede ser una estrategia política, pero difícilmente sustituye las respuestas que también debería ofrecer. Pero quizá lo que más me revuelve sea esa permanente pretensión, de unos y otros, de manipularnos. Nos hablan como si tuviéramos la memoria de un pez, incapaces de comparar lo que dijeron ayer con lo que sostienen hoy o de descubrir una contradicción sin que un tertuliano nos la explique. Cada uno fabrica su relato, amplifica la porquería del contrario y encuentra una explicación milagrosa para la propia. Lo que ayer era intolerable hoy resulta comprensible si lo hacen los míos, y lo que ayer se justificaba se convierte en escándalo si lo hacen los otros. Lo sorprendente es que pretendan que nosotros hagamos el mismo ejercicio de contorsionismo: que nos indigne una cosa cuando la hace el contrario y encontremos razones para comprenderla cuando cambia de bando. Como si cambiaran los hechos porque cambia quien los protagoniza. Cuando un asunto empieza a provocar demasiada indignación en la calle, aparece otro que se come los titulares, las tertulias y las declaraciones. El anterior queda sepultado bajo la siguiente bronca y nosotros vamos saltando de escándalo en escándalo sin que nadie termine de responder por ninguno. No sé cuánto hay de estrategia y cuánto de una política convertida en espectáculo permanente, pero el resultado es el mismo: mucho ruido, memoria corta y responsabilidades que siempre parecen corresponder a otro. Quizá convendría recordarles algo bastante sencillo: los ciudadanos también leemos, escuchamos, comparamos y sacamos nuestras propias conclusiones. No necesitamos que nadie nos diga qué debemos pensar ni que, a fuerza de repetir una consigna, pretendan que terminemos tragándola. Necesitamos que dejen de tratarnos como idiotas y empiecen a dar respuestas. Además, hay algo que conviene no olvidar: a ninguno le han obligado a estar ahí. La política no es una condena ni un trabajo que les haya caído en suerte; la han elegido. Con el cargo vienen el sueldo, los privilegios y también las responsabilidades, aunque estas últimas parezcan a veces las más fáciles de olvidar. Una vez escuché en una reunión una frase que se me quedó grabada: “De casa se viene lloradito, que aquí has venido a trabajar”. Pues eso, nada más que decir, señorías.
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